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Amenazas anónimas, un acosador misterioso y un asesinato que sigue sin resolverse: el caso de Grégory Villemin

En octubre de 1984, el nene de cuatro años desapareció de la puerta de su casa y horas después fue encontrado muerto en un río, con las manos y los pies atados. Si bien hubo sospechas cruzadas dentro de la familia del chico, el responsable nunca fue identificado.

La tarde del 16 de octubre de 1984 parecía como cualquier otra en el pueblo de Lépanges-sur-Vologne, en el noroeste de Francia. Christine Villemin acababa de volver de trabajar y pasó a buscar a su hijo Grégory, de cuatro años, por la casa de la niñera. El nene quería quedarse jugando afuera y ella aceptó. Luego de entrar unos minutos para hacer tareas domésticas, la mujer volvió a salir y se dio cuenta de que el chico ya no estaba.

Lo buscó por los alrededores, preguntó a los vecinos y recorrió desesperada la calles de la pequeña localidad. Nadie lo había visto. Poco después de las 17:00, denunció la desaparición ante la policía. Treinta minutos más tarde, llegó un llamado que paralizó a toda la familia.

Del otro lado de la línea estaba el hombre que desde hacía años los acosaba con amenazas anónimas. “Me vengué. Tiré al chico al río”, dijo la voz antes de cortar.

Horas después, el cuerpo de Grégory Villemin apareció en las aguas heladas del río Vologne, a unos seis kilómetros de su casa. Tenía las manos y los pies atados con cuerdas y un gorro cubriéndole parcialmente la cara.

El asesinato del nene conmocionó a Francia y dio origen a uno de los crímenes más enigmáticos de Europa.

Amenazas anónimas y un acosador misterioso

Antes del asesinato ya existía un clima de tensión alrededor de la familia Villemin. Desde 1981, Jean-Marie Villemin -padre de Grégory- y otros familiares recibían llamadas telefónicas y cartas anónimas cargadas de amenazas. El autor se hacía llamar “Le Corbeau” (“El Cuevo”), un apodo inspirado en una famosa película francesa sobre mensajes anónimos.

El acosador parecía conocer cada detalle íntimo de la familia. Sabía movimientos, conversaciones y hasta datos privados que muy pocas personas podían conocer. En esus mensajes repetía que “el jefe tenía que pagar”, en referencia a Jean-Marie, quien había ascendido en su trabajo y comenzaba a destacarse económicamente dentro de un entorno humilde.

Christine y Jean-Marie Villemin, los padres del nene de cuatro años asesinado. (Foto: The Guardian)
Christine y Jean-Marie Villemin, los padres del nene de cuatro años asesinado. (Foto: The Guardian)

Según la investigación, el progreso de los Villemin había despertado tensiones dentro de la propia familia. Jean-Marie había logrado una mejor posición laboral y podía darse ciertos lujos poco comunes para la época: dos autos, muebles nuevos y una vida más cómoda. Algunos agentes que trabajaron en el caso plantearon que ese resentimiento pudo haber sido el motor detrás del hostigamiento.

Las amenazas se volvieron cada vez más frecuentes. La policía recomendó grabar las llamadas, pero el acosador no se intimidó. Por el contrario, parecía disfrutar del miedo que generaba.

El día del crimen, todo ocurrió en cuestión de minutos. Tras desaparecer del patio de su casa, Grégory fue secuestrado y llevado hasta el río Vologne. La autopsia determinó que el chico murió poco después de entrar en contacto con el agua por un fenómeno conocido como hidrocución, una especie de shock térmico que provoca un paro cardíaco.

"Los atraparé, familia Villemin", dice una de las cartas anónimas que el acosador envió a la familia Villemin. (Foto: The Guardian)
“Los atraparé, familia Villemin”, dice una de las cartas anónimas que el acosador envió a la familia Villemin. (Foto: The Guardian)

Sin embargo, un detalle llamó la atención de los investigadores: el cuerpo no tenía marcas profundas de las cuerdas. Eso reforzó la hipótesis de que el nene pudo haber sido atado después de morir o que jamás intentó resistirse porque conocía a quien se lo llevó.

Al día siguiente del hallazgo, los padres de Grégory recibieron otra carta anónima. “Me he vengado”, decía el mensaje.

Los sospechosos

Tras la brutalidad del caso, los medios de Francia siguieron la investigación minuto a minuto y la policía quedó bajo una enorme presión para encontrar rápidamente al asesino.

En un principio, todas las miradas apuntaron hacia un hombre llamado Bernard Laroche, primo de Jean-Marie Villemin. Los peritos caligráficos encontraron similitudes entre su escritura y las cartas de “Le Corbeau”. Además, una declaración parecía comprometerlo de manera definitiva.

Murielle Bolle, cuñada de Laroche y entonces una adolescente, aseguró inicialmente que él la había pasado a buscar por la escuela el día del crimen y que Grégory estaba dentro del auto. Su testimonio permitió que la Justicia ordenara la detención de Laroche en noviembre de 1984.

El misterio del asesinato de Grégory Villemin continúa sin resolverse después de más de 40 años. (Foto: Le Nouvel Obs)
El misterio del asesinato de Grégory Villemin continúa sin resolverse después de más de 40 años. (Foto: Le Nouvel Obs)

Pero el caso volvió a dar un giro inesperado cuando, después de 36 horas de interrogatorio, Murielle se retractó y dijo que la policía la había presionado para incriminar al hombre detenido. Sin pruebas concluyentes, el principal sospechoso fue liberado meses más tarde.

Esta decisión enfureció a Jean-Marie Villemin, ya que estaba convencido de que Laroche había asesinado a su hijo. Luego de ello, juró públicamente que se vengaría por ello.

El 29 de marzo de 1985 cumplió su amenaza. Esperó a su primo cuando salía a trabajar y le disparó con un rifle. Lo mató frente a su casa. Por eso, el padre de Grégory fue detenido y luego condenado por homicidio. Pasó dos años y medio en prisión antes de recuperar la libertad.

Jean-Marie Villemin, el padre de Grégory, fue detenido luego de asesinar a su primo, Bernard Laroche, uno de los principales sospechosos en el crimen de su hijo. (Foto: The Guardian)
Jean-Marie Villemin, el padre de Grégory, fue detenido luego de asesinar a su primo, Bernard Laroche, uno de los principales sospechosos en el crimen de su hijo. (Foto: The Guardian)

En otro giro impactante, expertos en caligrafía señalaron a Christine Villemin -la madre de Grégory- como posible autora de las cartas anónimas. La hipótesis sostenía que ella misma podía haber creado la campaña de amenazas que atormentó a la familia.

En julio de 1985, fue acusada formalmente por el asesinato de su hijo. En ese momento, estaba embarazada, por lo que inició una huelga de hambre para defender su inocencia.

Sin embargo, la acusación comenzó a derrumbarse rápidamente. Los jueces consideraron que las pruebas no eran contundentes y que no existía un motivo claro que explicara el crimen. Finalmente, Christine fue absuelta en 1993.

Las hipótesis que todavía persiguen al caso

Más de cuatro décadas después, el asesinato de Grégory Villemin sigue sin resolverse. La causa fue reabierta varias veces y se realizaron nuevas pruebas de ADN sobre las cuerdas, las cartas y la ropa del nene, pero ninguna logró identificar al culpable.

Entre las hipótesis que surgieron a lo largo de los años, la principal apunta a Bernard Laroche, ya que para muchos investigadores sigue siendo el sospechoso más fuerte. Las dudas sobre él se apoyan en la declaración inicial de Murielle Bolle, los análisis caligráficos y ciertos resentimientos familiares que había manifestado antes del crimen.

Según esa teoría, Laroche habría actuado movido por odio hacia Jean-Marie Villemin. Algunos familiares señalaron que se sentía excluido y humillado por el éxito de su primo.

Bernard Laroche, tío de Grégory, fue uno de los principales sospechosos de la causa. (Foto: Le Monde)
Bernard Laroche, tío de Grégory, fue uno de los principales sospechosos de la causa. (Foto: Le Monde)

Otra línea sostiene que el crimen fue cometido por más de una persona y que varios integrantes de la familia ocultaron información durante años. El nivel de conocimiento que tenía “Le Corbeau” sobre la intimidad familiar reforzó la idea de que el asesino pertenecía al círculo cercano.

En 2017, la Justicia volvió a involucrarse en el caso con nuevas detenciones. En esta ocasión, fueron arrestados una tía y un tío abuelo de Grégory -Marcel y Jaqcueline Jacob-, además de Murielle Bolle. Los investigadores creían haber encontrado inconsistencias y posibles encubrimientos dentro de la familia. Sin embargo, los detenidos quedaron en libertad y la causa volvió a estancarse.

Ese mismo año ocurrió otro episodio dramático: Jean-Michel Lambert, el juez que había estado a cargo de la primera investigación en los años 80, se quitó la vida. En una carta que dejó mencionó la presión insoportable que sufría desde la reapertura del expediente.

Por su parte, Murielle Bolle publicó un libro años después en el que volvió a defender la inocencia de Bernard Laroche y denunció que fue manipulada por la policía cuando era adolescente.

En octubre del año pasado, la Justicia francesa volvió a imputar a Jacqueline Jacob, la tía abuela de 81 años del nene asesinado, por “asociación de malhechores”. Esto quiere decir que no fue acusada por homicidio, sino porque se cree que es la persona que amenazó a los Villemin durante años a través de cartas y llamados anónimos.

El caso que investiga el asesinato de Grégory Villemin sigue abierto hasta hoy y forma parte de los crímenes más perturbadores de Europa que siguen sin resolverse.

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