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Fue el hombre más rico del mundo, pero regateó hasta el rescate de su propio nieto: “Tenía otros 13 nietos”

Durante seis meses se negó a aceptar las exigencias de los secuestradores y negoció cada cifra del rescate. Décadas después, J. Paul Getty sigue siendo recordado como el multimillonario cuya avaricia pareció no tener límites.

Alguna vez, en una de sus escasas entrevistas, le preguntaron cómo eran sus días. Él respondió: “Son todos muy parecidos entre sí. Me levanto temprano, trabajo hasta muy tarde, encuentro petróleo, gano dinero. Mucho dinero”.

J. Paul Getty fue uno de los primeros billonarios del mundo, en algún momento llegó a ser el hombre más rico del mundo. Forjó un imperio petrolero. Tuvo una ética de trabajo profunda. Fue ascético y misterioso. Pero su principal característica fue otra. Se trató del millonario más amarrete de la historia. Su avaricia fue proverbial, ascendió hasta cimas desconocidas y ridículas. Algunos ejemplos: llegó a poner teléfono con monedas en su casa, quejarse con una de sus esposas por gastar demasiado en el tratamiento para el cáncer de su propio hijo o poner en riesgo la vida de su nieto secuestrado por la mafia calabresa por negociar. durante meses, el pago del rescate. Sus acciones para ahorrar, para evitar gastar, traspasaron la frontera del ridículo.

J. Paul Getty, que murió 50 años atrás, fue el millonario más miserable.

Su padre era abogado especializado en seguros. En uno de sus negocios le ofrecieron unas tierras como parte de pago. El hombre aceptó y cambió su suerte. Se convirtió en millonario: encontró petróleo en esas hectáreas. J. Paul Getty, su hijo, estudió en Oxford y se dedicó a sus propios negocios. También se volcó al petróleo. Multiplicó su fortuna con velocidad.

Diversificó las inversiones y fue creando un imperio de miles de millones de dólares. Fue de los primeros en extraer petróleo en Medio Oriente y cada crisis mundial la utilizó en su favor para que su patrimonio creciera sin parar. A principios de la década del cincuenta negoció con un jeque árabe la concesión de terrenos en la frontera de Arabia Saudita y Kuwait. Parecía una pésima decisión: cuatro años de búsqueda infructuosa y de millones invertidos hasta que el petróleo brotó en medio del desierto. Y se convirtió en uno de los negocios más lucrativos del Siglo XX.

El magnate J. Paul Getty en su mansión Sutton Place. (Foto: Reuters)
El magnate J. Paul Getty en su mansión Sutton Place. (Foto: Reuters)

Tenía la cara alargada, afilada, el gesto recio y la mirada atenta y desconfiada. Parecía que nada quedaba fuera de su alcance. No se recuerda que haya encarado un negocio deficitario. De pozos petroleros a hoteles, de centrales eléctricas a bancos. Siempre sometía a sus rivales y también a sus socios. Un hombre implacable que no paraba de trabajar, cuya ambición no descansaba. Siempre quería más. Siempre quería más dinero. Cuando le pidieron que definiera qué era ser millonario respondió: “Si podés contar cuánta plata tenés, entonces no sos millonario”, dijo.

Si bien era una persona muy cuidadosa con el dinero, había un flanco en el que se mostraba vulnerable. Sus divorcios. Todo el mundo sabe que los divorcios no son baratos. Y menos los de un hombre con mucho dinero. Se casó y se divorció cinco veces. Su vida amorosa fue la única dimensión de su existencia que lo inclinó al despilfarro.

Su padre, horrorizado por su inestabilidad emocional, lo castigó sacándole parte de su herencia, con temor de que alguna mujer se quedara con lo que él había construido. Durante su juventud, J. Paul Getty desarrolló una especie de adicción hacia las mujeres, era una especie de depredador -esa adicción persistió hasta el final de sus días. Alguien que lo conoció dijo: “No podía decirle que no a una mujer, ni  a un hombre”, refiriéndose a su escasa generosidad y a su desconfianza con los negocios que le proponían posibles socios comerciales o a su dureza frente a los pedidos de ayuda económica.

Jean Paul Getty fue un magnate petrolero recordado por su tacañería extrema. (Foto: Reuters)
Jean Paul Getty fue un magnate petrolero recordado por su tacañería extrema. (Foto: Reuters)

Entre 1923 y 1936 se casó cuatro veces. Enhebró una pareja tras otra, sin brechas temporales entre ellas. El modus operandi siempre era similar. Conocía a alguien, la cortejaba, le proponía casamiento, se casaba, la mujer quedaba embarazada, él dejaba de prestarle atención a ella (y a los hijos), encontraba un nuevo interés amoroso, abandonaba a la anterior, le proponía matrimonio a la siguiente y así sucesivamente. Siempre eran mujeres mucho más jóvenes que él. Que terminaban siendo abandonadas apenas se casaban y las embarazaba.

Entre el cuarto y el quinto matrimonio hubo un período inédito de tres años de soltería. Se casó recién en 1939 y se divorció tras veinte años. Pero el amor, la convivencia y hasta el respeto se perdieron muchísimo antes. Con esta mujer, Teddy Getty Gaston, tuvo a su quinto hijo. Cuando el chico cumplió cinco años, acusó a su esposa de despilfarrar el dinero, le enrostró que gastaba demasiado en doctores e intervenciones quirúrgicas para su hijo que padecía de un extraño tumor cerebral que al poco tiempo lo dejó ciego; el chico murió cuando tenía 12 años. Getty no fue al funeral de su hijo.

El más célebre de sus ahorros familiares fue el que estuvo relacionado con John Paul Getty III, uno de sus 14 nietos. El joven de 16 años fue secuestrado por la Ndrangheta en 1973. La mafia calabresa se puso en contacto con el multimillonario (ya billonario en ese momento) abuelo. Pidió un rescate de 17 millones de dólares (alrededor de 125 millones actuales). Para sorpresa de los delincuentes, el abuelo del secuestrado ni siquiera se molestó en responder los mensajes. Al principio creyeron que se trataba de un error, de algún problema de comunicación debido a la diferencia idiomática. O acaso pensaron que Getty desplegaba alguna táctica negociadora encriptada, que estaba planteando una guerra de nervios. pero no había nada de eso: el abuelo dejó claro que no movería un dedo por su nieto, pero en especial que no pondría ni un dólar para obtener su libertad. Adujo que no se negocia con secuestradores y terroristas.

John Paul Getty III fue secuestrado en Roma a sus 16 años. (Foto: AP)
John Paul Getty III fue secuestrado en Roma a sus 16 años. (Foto: AP)

El chico tenía fama de díscolo y el abuelo lo primero que pensó fue que era una estratagema, un secuestro simulado, para sacarle dinero que de otra manera él no hubiera donado jamás. Su hijo, el padre del secuestrado, le pidió con desesperación la plata para pagar el rescate. El billonario se negó de plano. Pasadas unas semanas, un sobre dirigido a J. Paul Getty llegó a la redacción de un diario italiano. El que lo abrió quedó horrorizado. Dentro había un mechón de pelo y una oreja ensangrentada. Los secuestradores habían perdido la paciencia y el pobre nieto del avaro, una oreja. Para colmo, una larga huelga de los trabajadores del correo italiano demoró las siguientes comunicaciones y amenazas de los mafiosos calabreses. El segundo mensaje decía algo así: “Ya recibió una oreja de su nieto. Si no pagan 3,2 millones de dólares dentro de los próximos 10 días, en breve recibirán la otra. Y luego, si se siguen negando, lo seguiremos mutilando. En otras palabras: se lo iremos devolviendo, pero en pedacitos”.

Lo que el mensaje estaba diciendo también era que los secuestradores habían reducido su demanda a un sexto del monto inicial. Buenas noticias para Getty. Eso no fue suficiente para él que, como si estuviera en uno de sus negocios habituales, contraofertó un pago de 2,2 millones de dólares. De lo que nadie se dio cuenta en ese momento fue que esa cifra no era arbitraria: era lo que el fisco le permitía deducir de impuestos. Sellado el acuerdo, el que puso el dinero fue el hijo de Getty, el padre del pobre chico. Pero al hombre le faltaban todavía 800 mil dólares que le prestó J. Paul Getty, su padre. Eso sí: antes le hizo firmar un contrato por el que lo comprometió a devolverlos en un plazo perentorio y con interés del 4%.

John Paul Getty III fue liberado en diciembre de 1973, poco después del pago del rescate. El cautiverio duró medio año. El joven, obligado por su padre, llamó al abuelo para agradecerle, pero J. Paul Getty no atendió el teléfono: dijo que estaba en medio de una importante reunión de negocios.

Jean Paul Getty celebrando una navidad en su mansión Sutton Place. (Foto: Reuters)
Jean Paul Getty celebrando una navidad en su mansión Sutton Place. (Foto: Reuters)

Cuando le preguntaron por qué con la fortuna inmensa que poseía no cedió a las demandas de la mafia calabresa, por qué dejó que el calvario de su nieto se extendiera por seis meses, Getty dijo que tenía otros 13 nietos y que era probable que, si él accedía a los pedidos de los delincuentes, los fueran secuestrando de a uno; que su pago inmediato convertiría a los otros 13 en blancos muy tentadores para los secuestradores. Y que además había motivos morales: no podía favorecer a financiar a delincuentes, mafiosos y terroristas. Muchos creen que los principales motivos no fueron ninguno de estos, sino otros dos. Su desinterés y desapego por el destino de su familia y su proverbial amarretismo.

El joven nieto quedó con un severo trauma. A los pocos años, tras un cóctel de alcohol y drogas, sufrió una sobredosis que lo dejó con severos daños cerebrales, casi ciego e inmovilizado. Murió a los 54 años luego de décadas de postración. Sería la primera de varias tragedias familiares que incluyeron suicidios, accidentes misteriosos y muertes por sobredosis que atravesaron tres generaciones.

Lo de Getty y el ahorro, más allá de su fortuna colosal, más que un hábito ascético, era una manía, un desorden compulsivo que en ocasiones rozaba lo ridículo y en otros lo monstruoso, como en el caso de la enfermedad de su hijo o el secuestro del pobre nieto.

La inmensa mansión de Sutton Place de J. Paul Getty. (Foto: AP)
La inmensa mansión de Sutton Place de J. Paul Getty. (Foto: AP)

Una de sus obsesiones era que no se gastara ni se desperdiciaran los artículos de librería. Obligaba a sus empleados a utilizar los lápices hasta que eran difíciles de asir de tanto que se les había sacado punta, acopiaba banditas elásticas, los sobres siempre se utilizaban más de una vez y había escrito mensajes y directivas muy importantes en el dorso de hojas ya usadas para no desperdiciar nada.

Se dice que J. Paul Getty nunca compró nada sin antes regatear su precio. Para él nada valía lo que su propietario decía. Siempre exigía un descuento. Desde un libro a un palacio, de un auto a la compra en una verdulería. Y lo más increíble es que casi siempre lo conseguía. No tenía chofer y buena parte de su ropa la lavaba a mano mientras se bañaba.

Uno de sus amigos contó que una vez habían decidido ir a ver un espectáculo en Londres y que al llegar al teatro les pidió que antes dieran unas vueltas a la manzana. Todos aceptaron sin preguntar el motivo. Luego se dieron cuenta de que lo había hecho porque minutos antes de la función, las entradas excedentes eran más baratas.

Nadie recuerda alguna invitación de J. Paul Getty.

Vivió muchos años en Sutton Place, una imponente e inmensa mansión Tudor del Siglo VXI ubicada en Surrey. Allí se hizo famosa una orden/restricción que impuso. Al poco tiempo de vivir en la mansión descubrió que la factura telefónica era muy abultada. Se enojó con los múltiples empleados y con los invitados. Los acusó de llamar a novias y familiares en el extranjero y hasta de hacer negocios desde su casa, a costa suya. Puso teléfono con monedas dentro de su propia vivienda y el resto de los aparatos tenía un candado que impedía realizar llamadas, sólo recibirlas.

A principios de los años setenta, las múltiples crisis en Medio Oriente siguieron ayudando a que multiplicara su fortuna. Murió a los 84 años. En esos momentos continuaba con los hábitos que había mantenido a lo largo de toda su vida adulta. Trabajaba buena parte del día, se preocupaba por multiplicar su dinero, mantenía una relación distante y poco afectiva con sus hijos y nietos, tenía varias amantes simultáneas: llegó a tener a tres viviendo al mismo tiempo en Sutton Place, aprovechando la inmensidad del lugar. Había conseguido un producto medicinal experimental, una especie de proto-Viagra, para poder mejorar su vida sexual.

Y, por supuesto, siguió siendo amarrete hasta el último segundo de su vida.

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