Columnista invitado (*) l La época les exige decidir rápido y sin red, mientras el consumo y la exhibición permanente desgastan los vínculos. La clínica muestra que la salida no es individual.
Hay algo que no termina de encajar en los diagnósticos habituales sobre las adolescencias actuales. Se insiste en señalar apatía, desinterés, falta de compromiso. Se repite que “no quieren nada”, que “no proyectan”, que “no se esfuerzan”. Pero quizás la pregunta no sea qué les pasa a los adolescentes, sino qué condiciones les ofrece la época para construir un futuro.
Porque proyectar no es una capacidad individual que aparece o desaparece por voluntad propia. Proyectar requiere tiempo, lazo, cierta estabilidad simbólica que permita imaginar un porvenir. Y lo que caracteriza al presente no es precisamente la abundancia de esas condiciones, sino su progresivo deterioro.
La adolescencia, históricamente, fue un tiempo de ensayo. Un tiempo donde equivocarse no era una catástrofe, sino parte del proceso. Hoy, en cambio, ese tiempo parece haber sido comprimido hasta casi desaparecer. Se exige decidir rápido en un mundo que no garantiza nada. Se pide proyectar en un escenario donde el futuro aparece más como amenaza que como promesa.
Elegir sin red
Elegir siempre implicó una dosis de incertidumbre. No hay elección sin pérdida, sin renuncia, sin un margen de no saber. Sin embargo, la cultura contemporánea ha transformado esa incertidumbre en algo intolerable. Todo debe poder calcularse, anticiparse, asegurarse.

El resultado es una paradoja brutal: se les exige a los adolescentes que tomen decisiones cruciales (qué estudiar, quiénes ser, cómo insertarse en el mundo) en un contexto que no ofrece condiciones mínimas de previsibilidad. La precarización laboral, la fragilidad de los lazos sociales y la inestabilidad económica no son un telón de fondo: son el escenario mismo en el que esas decisiones deben tomarse.
En ese marco, la elección deja de ser una apuesta deseante para convertirse en una estrategia defensiva. Ya no se trata de querer algo, sino de no caer. No de construir un recorrido, sino de evitar el fracaso. El proyecto se empobrece: deja de abrir posibilidades y pasa a funcionar como un mecanismo de supervivencia.
No es que no elijan. Es que muchas veces eligen desde una encerrona. Se les pide una respuesta, pero se les retiran las condiciones para producirla.
Consumo, luego existo
En este presente sin espesor, el consumo deja de ser una práctica para convertirse en una forma de existencia. Ya no se trata solamente de tener, sino de ser visto. De circular. De mostrarse.
El diagnóstico resulta aquí especialmente pertinente: ya no vivimos bajo la lógica de la espera, sino bajo el mandato del rendimiento. El sujeto no es disciplinado desde afuera, sino que se autoexplota. Debe poder, debe rendir, debe producirse a sí mismo de manera constante.

Las redes sociales funcionan como la escena privilegiada de esta lógica. Allí no solo se consumen objetos: se consumen vidas. El cuerpo, la experiencia, el logro, el fracaso: todo se vuelve material de exhibición. Existir parece depender de esa visibilidad.
Pero en esta fórmula hay un giro inquietante: el sujeto deja de ser únicamente consumidor para convertirse también en mercancía. Se produce a sí mismo como objeto consumible. Optimiza su imagen, administra su exposición, mide su valor en términos de reconocimiento.
Y es allí donde el problema se vuelve más profundo. Porque cuando el sujeto se vuelve producto, el cuerpo se transforma en el lugar donde esa lógica se inscribe con mayor crudeza.
En esta economía, el cuerpo ya no es solo soporte biológico ni territorio de experiencia: es superficie de rendimiento. Una superficie exigida, evaluada, comparada. Una superficie que no logra simbolizarse en una trama compartida con otros.
Lo que no encuentra inscripción en el lazo retorna de otro modo: como implosión. Un cuerpo que actúa, que muestra, que se expone. Un cuerpo que se vuelve caja de resonancia de un malestar que no logra decirse.
Un malestar que, además, encuentra su traducción en discursos cada vez más extendidos, donde el otro deja de ser semejante para convertirse en amenaza. El otro es competencia, enemigo, obstáculo. Alguien a superar o a derribar.
Así, el lazo social se erosiona. Ya no hay un “nosotros” que organice la experiencia colectiva. Lo que emerge es otra cosa: una lógica de denuncia permanente. No un “estamos”, sino un “son ustedes”. No comunidad, sino fragmentación.
El resultado no es la realización prometida, sino el cansancio. Un cansancio que no proviene de una opresión externa, sino de una autoexigencia infinita. El sujeto no puede dejar de exigirse porque la exigencia ya no viene de otro: ya se ha vuelto propia.
Proyectar con otros o no proyectar
Frente a este escenario, insistir en que los adolescentes “deben elegir mejor” o “comprometerse más” no solo resulta insuficiente, sino profundamente injusto. Porque desplaza la responsabilidad hacia el individuo y borra las condiciones que hacen posible —o imposible— la construcción de un proyecto.
Elegir no es un acto solitario. Nunca lo fue. La posibilidad de proyectar depende de la existencia de otros: pares, adultos, instituciones, espacios donde la palabra circule y donde la incertidumbre pueda ser alojada sin volverse inmediatamente amenaza.
En este punto, recuperar el lugar de lo público no es un gesto técnico, sino profundamente político. Cuando existen dispositivos que alojan —que articulan salud, educación, justicia y comunidad desde una perspectiva de derechos—, la accesibilidad y el acompañamiento dejan de ser una declaración para volverse condición concreta.
Un ejemplo permite verlo en escala. En un dispositivo territorial del conurbano bonaerense, un equipo interdisciplinario recibe a una adolescente de 16 años, derivada por la escuela pública a la que asistía, donde su trayectoria se encontraba interrumpida. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en su casa, alternando entre las redes sociales y tiempos de extremada soledad que, en ocasiones, se vinculaban a episodios de autolesión. La consulta no llega por una “vocación perdida”, sino por un malestar difuso que no encontraba palabras.

No hubo allí una respuesta rápida ni una indicación inmediata sobre qué hacer con su vida. Hubo, en cambio, algo más básico y más complejo: tiempo, escucha, presencia. Talleres grupales, articulación con la escuela, acompañamiento familiar. Un trabajo que no buscó “corregir” a la adolescente, sino construir con ella un espacio donde algo de su experiencia pudiera empezar a decirse.
Meses después, no apareció una certeza absoluta ni un proyecto cerrado. Pero sí algo distinto: volvió a la escuela, retomó vínculos, empezó a imaginar posibilidades. No porque alguien le haya indicado un camino, sino porque dejó de estar sola frente a la exigencia de encontrarlo.
Ahí radica la diferencia.
Cuando existen dispositivos que alojan, la adolescencia deja de ser un problema a resolver y pasa a ser un proceso a acompañar. Ya no como algo que debe ajustarse a un ideal previo, sino como algo que está siendo.
Pensar la adolescencia desde esta perspectiva implica cambiar la pregunta. Dejar de interrogar qué les falta para ser lo que deberían ser, para empezar a preguntarnos en qué condiciones pueden devenir, desplegarse, construir algo propio.
Porque si la época empuja a cerrar rápidamente quién se es, tal vez el gesto más político sea sostener lo contrario: que la adolescencia no es una respuesta, sino una pregunta en proceso.
Y que, sin otros, esa pregunta se vuelve imposible de sostener.
(*) Prof. Lic. Jorge Prado (M.N. 55.582). Psicólogo. Especialista en clínica con niños y adolescentes. Perito en niñeces, adolescencias y familias. Docente de Salud Pública y Salud Mental II en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Integrante del Equipo Técnico de Dispositivo Escolar en territorio.

















































