Hay momentos en la historia de la humanidad que cambian el destino de las civilizaciones. El descubrimiento del fuego, la invención de la rueda, la llegada del hombre a la Luna y, ahora, la inauguración de una canilla en Napenay por parte del gobernador Leandro Zdero.
No estamos hablando de una represa hidroeléctrica que alimentará a medio continente, ni de un acueducto transatlántico. No. Estamos hablando de la canilla. Ese dispositivo de plastico, pequeño pero valiente, que tras un giro de muñeca permite que el líquido elemento haga su aparición triunfal. En un acto que combinó la solemnidad de una coronación real con el suspenso de una final del mundo, Zdero cortó la cinta —esperamos que no haya obstruido el caño— y dejó inaugurado el chorro oficial.
Lo que hace que esta noticia pase de ser un trámite municipal a una epopeya digna de Homero es la audacia de la promesa posterior. Porque Zdero no se quedó de brazos cruzados disfrutando del éxito del primer goteo. No, señor. Mirando al horizonte, con la determinación de quien planea colonizar Marte, prometió dos canillas más.

Es aquí donde el análisis político se vuelve fascinante. ¿Por qué dos? ¿Por qué no una? ¿Por qué no una manguera de jardín compartida? La planificación estratégica es clara: Napenay se encamina a convertirse en la Venecia del Chaco, pero con menos góndolas y más tejeduría de red de agua potable. Una canilla es un hito; dos canillas son un patrón; tres canillas son, técnicamente, un parque acuático si uno tiene suficiente imaginación y el sol pega lo suficientemente fuerte.
Imaginen las próximas campañas electorales. “Conmigo, un dispenser en cada esquina”. “Mi rival solo ofrece agua fría, yo prometo el cuerito de repuesto”. El estándar ha subido. Ya no basta con pavimentar calles o construir hospitales; ahora la unidad de medida del progreso es el flujo por minuto en el centro del pueblo.
Por supuesto, no faltarán los escépticos, esos “aguafiestas” (valga la metáfora) que dirán que inaugurar una canilla es como festejar que el semáforo se puso en verde. Pero esos no entienden la mística. Hay que tener coraje político para pararse frente a un caño de media pulgada y decir: “He aquí el futuro”.
Napenay espera con ansias. El pueblo está en vigilia, con el vaso en la mano y el jabón listo, aguardando que el gobernador regrese para completar la Santísima Trinidad de las Griferías. Mientras tanto, el primer grifo ya brilla bajo el sol chaqueño, recordándonos que, en política, a veces el éxito no se mide en grandes obras, sino en ese pequeño y glorioso sonido de: fushhhhh.
¡Salud, Napenay! Que no falte el agua, y que el gobernador no se olvide de llevar la cinta para las otras dos.















































