El crimen de Carolina Flores, exreina de belleza de Baja California asesinada en México, volvió a poner en discusión una forma de vínculo familiar poco conocida por fuera del ámbito psicológico: el enmeshment, también llamado “entrelazamiento” o “vínculo enmarañado”.
El término empezó a circular luego de que se conocieran detalles del caso y de que la suegra de la víctima fuera señalada como principal sospechosa. Según trascendió, una frase atribuida a la mujer —“tú eres mío y ella te robó”— abrió el debate en redes sobre los vínculos familiares donde el amor, la dependencia y el control se mezclan de manera peligrosa.
Es importante aclararlo desde el comienzo: ningún concepto psicológico alcanza para explicar ni justificar un femicidio. Un crimen debe ser investigado por la Justicia y no puede reducirse a una etiqueta clínica. Pero el caso sí permite hablar de una dinámica que existe en muchas familias, en distintas intensidades, y que puede generar sufrimiento, culpa y dificultades para construir una vida propia.
La Asociación Americana de Psicología define el enmeshment como una situación en la que dos o más personas, generalmente miembros de una familia, se involucran de manera excesiva en las actividades y relaciones personales de los demás.
Cuando la cercanía deja de ser saludable
La cercanía familiar no es un problema. De hecho, puede ser una fuente de sostén, pertenencia y seguridad emocional. El conflicto aparece cuando ese vínculo deja de permitir espacios propios.
“En psicología, el término enmeshment hace referencia a los vínculos enmarañados. Son relaciones donde hay mucha cercanía, pero muy poco espacio personal”, explica la Lic. Florencia Alfie (M.N. 47.873), psicóloga de la UBA.
En estos vínculos, los límites se vuelven confusos. Una madre puede sentir que tiene derecho a opinar sobre todo lo que hace su hijo adulto. Un padre puede vivir la privacidad de una hija como una traición. Una pareja puede sentirse culpable por tener amigos, intereses o decisiones que no pasan por la aprobación del otro.
“En este tipo de relaciones, frecuentes entre madres e hijos, pero no exclusivamente, los límites emocionales están difusos o no existen. Todo parece muy unido, pero está demasiado mezclado, y no queda espacio para lo propio”, señala Alfie.

La diferencia entre una relación cercana y una relación enmarañada está en la autonomía. En una familia sana puede haber amor, preocupación y presencia, pero también existe la posibilidad de decir “no”, tomar decisiones, tener intimidad y diferenciarse sin que eso sea vivido como abandono.
En cambio, en el enmeshment esa separación se siente amenazante. “No hay un yo y un vos claro. Lo que siente uno lo siente el otro, lo que piensa uno lo piensa el otro, y separarse o diferenciarse se vive como una amenaza”, agrega la especialista.
Señales que pueden aparecer en una familia enmarañada
El enmeshment no siempre se ve desde afuera. Muchas veces se disfraza de amor, sacrificio o unión familiar. Frases como “somos muy unidos”, “en esta familia se cuenta todo” o “nadie te va a querer como tu mamá” pueden sonar afectuosas, pero en algunos contextos también pueden funcionar como una forma de control.
Algunas señales frecuentes son:
- dificultad para tomar decisiones sin aprobación familiar;
- culpa al poner límites;
- miedo a que el otro se enoje o se sienta abandonado;
- invasión de la privacidad;
- necesidad de saberlo todo sobre la vida del otro;
- rechazo hacia parejas, amistades o intereses externos;
- sensación de que diferenciarse es “traicionar” a la familia.
“Un hijo que siente que no puede tener privacidad sin que el padre se ofenda, una madre que necesita saber, opinar y estar en todo, o la dificultad para tolerar que el otro tenga amigos, pareja o intereses propios son ejemplos de cómo se ve el enmeshment en lo concreto”, describe Alfie.
En estos casos, el amor se confunde con fusión. La otra persona deja de ser alguien separado y empieza a ser vivida como una extensión propia. Por eso, cuando aparece una pareja, una mudanza, un proyecto personal o cualquier decisión autónoma, puede surgir enojo, angustia o sensación de pérdida.
El concepto fue trabajado dentro de la terapia familiar estructural, asociada al psiquiatra Salvador Minuchin, quien estudió cómo la organización de una familia, sus límites y sus jerarquías influyen en el bienestar de sus integrantes.
Cómo salir sin romper todo
Una de las dificultades de estos vínculos es que quienes los viven no siempre los identifican como dañinos. A veces hay cariño real, historia compartida y una sensación de deuda emocional. Por eso, salir de una dinámica enmarañada no significa cortar de golpe ni abandonar a la familia, sino ordenar los lugares.
“El enmeshment suele aparecer en familias donde hubo pérdidas, miedos, soledad o situaciones difíciles. El vínculo se vuelve muy cerrado como una forma de protección”, explica Alfie.

Esa protección, que quizás en algún momento tuvo sentido, puede volverse asfixiante con el tiempo. Sobre todo cuando los hijos crecen, forman pareja, tienen hijos propios o necesitan construir una identidad separada de la familia de origen.
“En terapia, no se trata de separar de golpe, sino de ordenar el vínculo: construir límites sanos, diferenciando qué es mío y qué es del otro”, sostiene la psicóloga.
Ese trabajo incluye aprender a tolerar la culpa, expresar necesidades propias y aceptar que el otro puede frustrarse. También implica revisar el rol de los adultos, especialmente cuando una madre o un padre depositan en un hijo necesidades emocionales que deberían tramitar por otra vía.
“Se trata de habilitar espacios propios sin que eso sea vivido como abandono, trabajar la culpa, fortalecer la identidad individual —gustos, intereses, decisiones y deseos propios— y revisar el rol del adulto, para que pueda pasar de necesitar al hijo a acompañarlo”, resume Alfie.
Para quienes conviven con una persona muy invasiva o demandante, la recomendación no es entrar en una guerra permanente, sino sostener límites claros y consistentes.
“No se trata de alejarse bruscamente, sino de marcar límites claros. Es importante expresar las propias necesidades desde un lugar calmo y sostener esos límites aunque aparezca la culpa”, aconseja Alfie.
La clave está en entender que poner límites no es dejar de querer. Es construir una forma de relación donde el afecto no dependa de la obediencia, donde cada persona pueda tener vida propia y donde la cercanía no borre la identidad.
“El punto es cuidar el vínculo, pero también cuidarse dentro de él”, concluye la especialista.

















































