Marina Cantero, de 34 años, estudia agronomía y vive en Eldorado. Junto a Sila, su compañera de cuatro patas, ya suma cientos de trayectos compartidos.
En Eldorado, Misiones, el ritual empieza mucho antes de que suene la largada. Marina Cantero, una estudiante de agronomía de 34 años, estira las piernas mientras observa cómo su compañera, Sila, empieza a girar como un trompo. No hace falta que le diga nada: la perra ya reconoció el bolso negro y el equipo de gimnasia. Sabe que hoy no es un día de paseo común; hoy hay “carrerita”.
Juntas forman una dupla que ya es marca registrada en las competencias de la provincia. Llevan cuatro años recorriendo senderos y ya acumulan 30 medallas, un testimonio de miles de kilómetros compartidos. Para Marina, esto no es solo deporte, sino un acto de amor y salud.
“Mi objetivo es pasar tiempo de calidad con ella. Movimiento es salud, y como yo hago este deporte, quise incluirla porque hacemos todo juntas. No sabemos estar la una sin la otra”, explicó Marina a TN, quien asegura que Sila corre a su par, sin adelantarse nunca, respetando su ritmo como si estuvieran conectadas por un hilo invisible.
La elección del terreno no es casual. Marina prefiere evitar el asfalto de las ciudades por el calor y el impacto en las almohadillas de su compañera, centrándose exclusivamente en el trail running.

En la naturaleza, entre el barro y la selva misionera, Sila se siente en su elemento. Aunque suelen elegir distancias cortas para cuidar la salud de la perra —que ya transita sus diez años—, el destino a veces les propone desafíos extra. En una de sus últimas travesías en el cerro, se perdieron y terminaron recorriendo casi 14 kilómetros. Lejos de agotarse, Sila llegó a la meta con la energía intacta, demostrando que su espíritu aventurero no sabe de calendarios.
Esta pasión por los animales no se limita a las carreras. En su casa de Eldorado, Marina y su esposo, Baldur, transformaron su vida en un refugio compartido con 18 perros y cinco gatos. Es un equilibrio complejo que requiere dividir el terreno de 90 metros en sectores para que todos convivan en paz.

“No trabajo formalmente, me dedico a estudiar y a cuidarlos”, contó Marina. Los gastos de alimento y veterinaria suelen salir de su bolsillo, aunque a veces, cuando la emergencia aprieta —como el reciente rescate de una cachorra en mal estado que requirió internación—, acuden a la solidaridad de la gente para cubrir los costos.
Incluso cuando las críticas aparecen de quienes no entienden el vínculo, Marina se apoya en la ciencia y en su veterinaria de confianza.

“Un perro está preparado para correr, inclusive cosas mucho más forzadas. Yo no la obligo, vamos a nuestro ritmo”, afirmó. Esa convicción fue la que las mantuvo unidas incluso cuando Sila tuvo que enfrentar una operación por un tumor hace dos años, una etapa dura que las alejó de las pistas pero que fortaleció su unión.
Para Marina, ver a Sila emocionarse al ver la camioneta lista para viajar es la mejor recompensa. Le festeja los cumpleaños con tortas saludables y le habla “como a un bebé”.
Ahora, mientras se recupera de un esguince de tobillo que sufrió en su última competencia en Posadas, ya sueña con el Grand Prix de Panambí en junio. Sila, por supuesto, ya está lista al lado de la puerta, esperando que su compañera agarre otra vez el bolso negro para salir a conquistar el monte.



















































