En la Argentina y en el mundo se empezaron a tomar diversas medidas en torno al uso del teléfono por la falta de atención en clase y el bajo rendimiento de los alumnos. El análisis de los especialistas y los otros factores que hay que tener en cuenta.
En la Argentina y en el mundo se empezaron a tomar diversas medidas en torno al uso de los celulares en las escuelas. La falta de atención en clase, el bajo rendimiento y el consumo excesivo de las pantallas pusieron de manifiesto un problema estructural que influye en los aprendizajes y hace que el sistema educativo deba replantear la dinámica diaria de las aulas.
La Ciudad de Buenos Aires fue pionera en el país e implementó una restricción que rige desde 2024 para los niveles inicial, primario y secundario, en escuelas públicas y privadas. La provincia de Buenos Aires se sumó este año, al igual que otras jurisdicciones que avanzaron con regulaciones similares, como Neuquén y Salta.
A pesar de que las restricciones tienen diferencias en su alcance o modalidad de aplicación, el debate de fondo sigue siendo cómo recuperar y gestionar el foco cognitivo de los alumnos.
Según explicó Andrea Goldin, investigadora del CONICET y especialista del Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Di Tella, el desafío es complejo porque estos dispositivos están diseñados para capturar nuestra mente.
“El problema que tienen las pantallas, por ejemplo los celulares, es que tienen todos esos llamadores de atención externos. Tienen movimiento, tienen soniditos, si tenés activadas las notificaciones te hacen una lucecita, están hechos para llamar la atención exógenamente. Y el problema es que, evolutivamente, son imposibles de evitar. O sea, si hay algo que llame exógenamente la atención, tu atención sí o sí se va a ir ahí, aunque no quieras”, advirtió en diálogo con TN.

Según los datos de las pruebas PISA 2022, la Argentina, Uruguay y Chile se encuentran entre los tres países con mayor nivel de distracción por el uso del celular en clase entre más de 80 países evaluados. Los resultados reflejan una preocupación que excede la presencia de los dispositivos en el aula y que también alcanza a los hábitos digitales de los adolescentes fuera de la escuela.
De hecho, distintos países comenzaron a avanzar con medidas más restrictivas para limitar la exposición de nenes y jóvenes a las pantallas. En el Reino Unido, por ejemplo, el debate sobre el acceso de los menores a las redes sociales ganó fuerza y en los últimos días el Gobierno prohibió su uso en adolescentes menores de 16 años.
Frente a este escenario, las escuelas empezaron a implementar diversas estrategias para reducir las distracciones y recuperar la atención durante las clases. Algunas optaron por guardar los teléfonos en cajas o espacios comunes, mientras que otras eligieron sistemas que permiten a los alumnos tener el dispositivo, pero sin acceso permanente a él.
Entre las propuestas que comenzaron a extenderse apareció MotivEd, una iniciativa de fundas con cierre magnético que bloquean el acceso al celular durante la jornada escolar. A diferencia de otros modelos, el alumno conserva su teléfono, pero sin tener disponible las notificaciones y aplicaciones.
“El problema es que hoy el celular compite por la atención de los alumnos durante toda la jornada escolar. Y la atención es la materia prima del aprendizaje y de los vínculos”, señaló Nicolás Viñales, cofundador del proyecto.

La mirada coincide con la de especialistas que sostienen que el desafío no pasa únicamente por prohibir los dispositivos, sino por enseñar a utilizarlos de manera saludable. “No creemos en prohibiciones aisladas. El objetivo no es controlar a los chicos, sino acompañarlos a desarrollar autonomía y hábitos digitales saludables. Cuando se integra a un proceso educativo, deja de ser una restricción y ahí es donde realmente estamos educando”, planteó Darío Álvarez Klar, especialista en educación y fundador de la iniciativa.
“Como toda medida educativa, debe analizarse dentro de un contexto. Quienes trabajamos diariamente en las escuelas observamos niveles de dependencia al celular que resultan preocupantes. Al inicio de las clases, muchos estudiantes ya están scrolleando en redes sociales o jugando, casi de manera automática”, analizó la Licenciada en Educación (@neuroeducativa), María Emilia Reale en declaraciones a este medio.
Estudios sobre el impacto de las restricciones en las aulas
A pesar del impulso político por regular las pantallas, la evidencia científica sobre la efectividad de estas medidas todavía es escasa y arroja resultados diversos.
Un estudio realizado en el Reino Unido, que comparó escuelas con y sin restricciones de manera controlada, marcó que no existen grandes mejoras a nivel de rendimiento académico ni cambios genuinos en los hábitos de uso de los chicos, ya que la diferencia de consumo entre ambos grupos se anula por completo durante los fines de semana.
En sintonía con esto, una investigación de la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos (NBER), que relevó más de 40.000 escuelas de ese país entre 2019 y 2026, permite mirar con más detalle qué pasa cuando las escuelas aplican restricciones físicas al uso de dispositivos móvules, como las fundas con candado que bloquean el acceso al celular durante la jornada escolar.

El informe concluyó que prohibir los smartphones no mejoró las calificaciones de los estudiantes de forma generalizada: “En cuanto al rendimiento académico, los efectos promedio en los resultados de las pruebas son consistentemente cercanos a cero”, señaló el documento, aunque aclaró que podrían existir efectos de largo plazo todavía no evidentes.
El mismo relevamiento aporta un dato clave para ordenar el debate: las restricciones físicas sí reducen el uso del teléfono durante la jornada escolar. En las escuelas de Estados Unidos que las incorporaron, las fundas funcionaron para lo que prometían: sacar el celular de la dinámica cotidiana del aula. Según los datos de actividad de los dispositivos, el uso durante la jornada escolar cayó cerca de un 30% hacia el tercer año de implementación.
La pregunta siguiente es qué ocurre con todo lo demás: los aprendizajes, la convivencia, el bienestar, la autonomía y la relación de los chicos con la tecnología fuera de la escuela.
Ahí aparecen los matices. El estudio detectó mejoras modestas en escuelas secundarias, especialmente en Matemática, y pequeños efectos negativos en escuelas medias, donde algunos estudiantes más jóvenes podrían reemplazar el celular por otras conductas disruptivas. También registró una primera etapa de adaptación conflictiva: durante el primer año aumentaron alrededor de un 16% las suspensiones y cayó el bienestar subjetivo de los alumnos. Desde el segundo año, esos efectos disciplinarios tendieron a disiparse y el bienestar comenzó a mostrar señales positivas.
Para Lucía Fainboim, especialista en infancia y tecnología, directora de la consultora Bienestar Digital y autora del libro Cuidar las infancias en la era digital, esos resultados no chocan con los reportes de escuelas que aseguran haber recuperado atención y tranquilidad al limitar el celular. Explican cosas distintas: “No me parece una contradicción. Muchas escuelas reportan mejoras inmediatas porque desaparece una fuente permanente de interrupciones: notificaciones, videos, chats, fotos, conflictos que ingresan al aula en tiempo real. Eso suele generar clases más tranquilas y una percepción de mayor atención”, explicó en diálogo con TN.
El punto, según la especialista, es no confundir una mejora en el clima escolar con una transformación automática del rendimiento. Las calificaciones dependen de condiciones socioeconómicas, propuestas pedagógicas, vínculos, formación docente, hábitos de estudio, sueño y otras variables que exceden por completo al teléfono. La restricción, en todo caso, puede abrir una oportunidad. Si el tiempo recuperado se convierte en más lectura, más conversación, más debate, más juego y más encuentro entre pares, la medida gana sentido educativo. Si solo funciona como un mecanismo para guardar aparatos, el problema queda reducido a una cuestión de control.
Al respecto, Goldin coincidió: “Si yo te quito el celular, pero vos después lo usás las otras 20 horas que estás sin estar en el colegio, entonces vos no aprendés lo que esperamos que aprendas en la escuela. No sabés cómo rendir un examen, te falta un montón de información de feedback, de cosas que vas aprendiendo en estar ahí”.
Por otra parte, uno de los ejes centrales del debate es la edad. Para Fainboim, una política sobre celulares no puede pensarse igual para chicos de primaria que para adolescentes de secundaria: “Hoy existe un consenso creciente entre especialistas respecto de que el primer celular con acceso pleno a internet debería postergarse hacia los 13 o 14 años. Si como sociedad estamos intentando retrasar ese ingreso durante la infancia, la escuela no puede actuar como si el celular fuera una herramienta necesaria en primaria”, explicó.

Esa posición no implica dejar afuera la educación digital. La especialista remarcó que los chicos y chicas pueden aprender a moverse en entornos tecnológicos sin tener un celular personal sobre el banco. En esa etapa, es posible también construir una cultura donde el dispositivo no sea indispensable para participar, aprender o vincularse: “Se pueden desarrollar habilidades digitales, aprender sobre ciudadanía digital, privacidad, convivencia o pensamiento crítico sin necesidad de tener un celular personal en el aula”, afirmó Fainboim.
La escuela primaria, en ese sentido, también transmite una idea cultural. Si cada actividad escolar necesita del teléfono, el dispositivo termina instalado como condición de participación. La regulación busca marcar otro mensaje: el celular no tiene que ocupar todos los espacios de la vida cotidiana ni volverse indispensable para aprender, vincularse o estar en la escuela.
En secundaria, el panorama requiere una lectura más fina. Hay instituciones que cuentan con computadoras, netbooks, Chromebooks, laboratorios o espacios específicos de tecnología. En esos casos, la alfabetización digital puede desarrollarse con otros dispositivos y el celular puede salir de la escena cotidiana para ser analizado con distancia: cómo funcionan las plataformas, las notificaciones, los algoritmos y la economía de la atención.
La situación cambia en escuelas donde el celular es el principal o el único dispositivo digital al que acceden muchos estudiantes. Allí, una prohibición absoluta puede profundizar desigualdades y dejar afuera a quienes necesitan la escuela como espacio de inclusión digital: “Lo importante es construir políticas que respondan a las necesidades concretas de cada comunidad educativa y no aplicar soluciones universales para realidades muy distintas”, afirmó Fainboim.
Esa idea también permite leer con más cuidado las experiencias con fundas, lockers o cajas para guardar celulares. La herramienta puede resolver un problema operativo: evitar interrupciones durante la clase, cortar el flujo de notificaciones y reducir conflictos que llegan desde redes sociales o chats. Su alcance termina ahí. “La herramienta puede ser el punto de partida. Nunca el punto de llegada”, resumió la especialista.
Desde la perspectiva de Goldin, las escuelas son el lugar ideal para enseñar a los alumnos cómo funcionan estos dispositivos y cómo gestionar su propio foco atencional: “Creo que sí que hay que limitar el uso en ciertos lugares, por ejemplo, en los recreos, en los tiempos libres o en el aula cuando no tiene un objetivo pedagógico, sin ninguna duda. ¿Por qué? Porque si no los aparatos van a lograr ganar nuestra atención en todos esos aspectos y elegimos chatear por sobre charlar o scrollear por sobre jugar”.
La conversación pedagógica aparece, entonces, como la parte más importante de ese proceso. Fainboim remarcó que las escuelas necesitan hablar con los estudiantes sobre el scroll infinito, la presión social por responder, las notificaciones, la construcción de identidad en redes y los mecanismos que usan las plataformas para capturar atención.

Qué mirar además de las calificaciones
En cuanto al rendimiento de los estudiantes que participaron del experimento, los resultados mostraron que no hubo mejoras relevantes en asistencia, atención autopercibida en clase ni reducción del bullying online. Esto obliga a ampliar la forma de evaluar estas medidas restrictivas del uso del celular.
“El rendimiento académico es multicausal. El celular es un factor de distracción muy relevante, pero no es el único. Para aprender, el primer requisito es la atención, y ahí el celular tiene un impacto muy fuerte. Pero junto con eso, intervienen el estado emocional del estudiante, su nivel de motivación, el vínculo que construye con el docente, la relevancia que le encuentra a lo que le enseñan”, definió Reale.
En coincidencia, Fainboim planteó que las escuelas deberían mirar indicadores que muchas veces quedan afuera de las mediciones tradicionales: la calidad de la atención durante las clases, la participación oral, las interacciones entre pares durante los recreos, los conflictos vinculados a redes sociales que ingresan a la escuela, entre otros.
Reale describió el impacto que tuvo esta medida en las escuelas que trabaja: “Los cambios fueron muy notorios. Comenzamos a observar conductas que hacía tiempo no veíamos con tanta frecuencia: los estudiantes conversaban más entre ellos, jugaban a las cartas durante los recreos, dibujaban, compartían actividades y pasaban más tiempo interactuando cara a cara“.
Una medida puede no mover de manera visible una nota de Matemática y, al mismo tiempo, mejorar la convivencia cotidiana, reducir interrupciones o ayudar a reconstruir espacios de concentración. Esa diferencia es clave para evitar diagnósticos demasiado rápidos.
El objetivo, para las especialistas, debería ser recuperar condiciones para enseñar y aprender. Dentro de esa meta entran la atención, la convivencia, la reducción de conflictos y la construcción de autonomía digital. “Muchas veces se presenta la autonomía como si surgiera espontáneamente. Pero la autonomía se aprende. Y para aprenderla hacen falta límites, acompañamiento y espacios de reflexión”, indicó Fainboim.
A su vez, Reale reflexionó sobre el rol de los adultos: “También tenemos una responsabilidad en este proceso. No podemos pedirles a los adolescentes que se desconecten si nosotros mismos estamos permanentemente pendientes de una pantalla. Educar en el uso saludable de la tecnología implica, también, dar el ejemplo”.
Para los expertos, la discusión en la actualidad va más allá de permitir o bloquear celulares en los colegios. Hoy el debate está en definir qué lugar quiere darle la escuela a una tecnología que organiza buena parte de la vida cotidiana de los chicos. Las fundas pueden controlar su uso, pero la tarea educativa debe ir un paso más y aprovechar esa oportunidad para pensar cómo usamos las pantallas, qué nos exigen y qué espacios necesitamos recuperar.

















































