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“Recibimos justicia tardía y ahora estamos caminando como una nación traumada”

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Mauricio Amarilla es hijo de desaparecidos y tiene un hermano víctima de apropiación —recuperado en 2009—. Integró H.I.J.O.S. y hoy participa en la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos por Razones Políticas. En esta conversación recorre memoria, política y fe a medio siglo del 24 de marzo de 1976.

A cincuenta años del golpe de Estado cívico-militar del 24 de marzo de 1976, los debates sobre la memoria conviven con discursos negacionistas, con la apología del genocidio y con ataques directos a las políticas públicas de memoria construidas durante décadas. Al mismo tiempo, se advierten inquietantes continuidades del proyecto económico y social del “Proceso” en el presente: políticas de ajuste y respuesta represiva ante los conflictos crecientes, en un marco de esquemas económicos asociados a la especulación financiera y al desdén por la soberanía nacional.

En ese cruce entre pasado y presente se sitúa esta conversación con Mauricio Amarilla, con una historia personal y familiar atravesada por el terrorismo de Estado, y por la militancia en la memoria y los derechos humanos.

Este aniversario nos encuentra en un país con las banderas de memoria bajo ataque, y en esa línea, del repertorio de chicanas y golpes bajos con que suele atacarse el reclamo de juicio y castigo a los genocidas, uno de los más comunes es atribuirle motivaciones de odio o ánimo de venganza. Pero esa operación —la de cargar contra quien reclama la impunidad de los genocidas— se desarma al confrontarla con personas como Mauricio Amarilla.

La dictadura golpeó a su familia con saña. El Batallón de Inteligencia 601 secuestró a su padre, Guillermo Amarilla, y a su madre, Marcela Molfino, por su militancia en Montoneros, el 17 de octubre de 1979, en Capital Federal. Mauricio tenía entonces casi cinco años. Presenció el operativo de secuestro y aún recuerda la última vez que vio a sus padres.

En 1980, su abuela, Noemí, fue secuestrada en Perú en el marco del Plan Cóndor, mientras realizaba gestiones por la aparición con vida de su hija y su yerno; fue asesinada ese mismo año en Madrid. Tiene un tío, Rubén, también secuestrado y aún desaparecido, y otro, Miguel Ángel Molfino —escritor y periodista—, ex preso político de la dictadura y testigo en juicios por crímenes de lesa humanidad.

En 2009 descubrió que tenía un hermano, Guillermo, que había sido apropiado mientras su madre permanecía desaparecida en el centro clandestino de detención que funcionó en Campo de Mayo. La restitución fue posible gracias al trabajo de Abuelas de Plaza de Mayo y la CONADI, hoy también bajo cuestionamiento por parte del gobierno nacional, que llevó a la vicepresidencia a una defensora de genocidas.

Con semejante carga de violencia atravesando su biografía, Mauricio Amarilla no cede al resentimiento: reclama justicia por los suyos y por toda una generación. Sus convicciones no erosionan su carácter afable, sostenido en una tranquilidad que se vincula con haber transformado el dolor en organización.

Tras su paso por la agrupación H.I.J.O.S., hoy integra la Asociación de Familiares de Víctimas de Desaparición Forzada, uno de los organismos de derechos humanos que forman parte de la Comisión Provincial por la Memoria de Chaco. En 2020 fue presidente de la institución, en una gestión atravesada por la pandemia.

Esa militancia en derechos humanos y en la memoria convive con la prédica y el ejercicio de la fe cristiana: es pastor de la iglesia Vida Nueva en Cristo, integrante de una red de ministerios en distintas provincias. Sostiene, además, que un país diametralmente opuesto al que proyectó la dictadura es la única vía para el bienestar de la sociedad en la que vive con su familia. Nada más lejos del resentimiento o del rencor: lo mueve una idea de justicia y reparación, y un proyecto de futuro.

—¿Qué te parece lo más distintivo de este 50 aniversario en el contexto de estos dos años de gobierno libertario? ¿Hay algo que te sorprenda?

—Las medidas que toma Milei y su gobierno no me sorprenden. Su gobierno está totalmente alineado con el imperio yanqui —con la política de Donald Trump— y no me sorprende que esté dispuesto a exprimir al pueblo, a sacarle al pueblo argentino no solamente el sustento diario, sino también el futuro.

Creo que eso es lo más preocupante de este momento: el avance de esas grandes corporaciones que ni siquiera tienen ya nacionalidad, pero que se siguen enriqueciendo cada vez más. Sí me sorprende que sea tan mayoritario el aval de la sociedad; eso es lo más preocupante y cuesta comprender.

—No es la primera experiencia de aplicación del neoliberalismo.

—Está bien, el caso paradigmático es la dictadura, pero se impuso por la fuerza. Más acá podemos hablar de Menem, pero eso, en verdad, fue en gran parte un engaño electoral: llegó prometiendo una cosa y luego, en el poder, hizo otra, y con la farsa del uno a uno logró permanecer.

Pero esto es distinto: este gobierno se presentó diciendo que iba a hacer lo que hoy hace; no mintió. Se sufre y, aun así, un amplio sector todavía lo avala, por lo menos es lo que uno puede ver en el contacto diario, y ni hablar en las redes sociales, un espacio que ellos manejan muy bien.

—El nivel de agresión mediática parece inédito, con un énfasis directo en el ataque a la memoria —negacionismo y apología—. ¿Cómo se vive eso teniendo familiares víctimas del genocidio?

—Te voy a contar un ejemplo. No llega a ser bronca, pero sí genera nerviosismo. Yo tenía una relación muy cercana con una persona, me atrevería a decir de amistad. Compartimos cosas; él estuvo cuando apareció mi hermano Guillermo, lo conoció. Hace tres años, más o menos, en Posadas, Misiones, unos jóvenes que estaban haciendo la colimba taparon con pintadas de escarapelas argentinas un mural con los pañuelos de Madres de Plaza de Mayo. Mucha gente festejó eso. Decían que estaban tapando “el curro de los derechos humanos”. Esta persona comparte eso en sus redes sociales, avala la acción y critica a Abuelas. Le escribo. Me dice algo como: “el caso de tu hermano es un caso aislado”. Son situaciones en las que uno se encuentra con una liviandad —o una falta de profundidad— que sorprende. Yo creo que los ideales y las convicciones son profundos, están enraizados en nuestro interior y sí o sí tienen que impactar en la conducta.

—Quizás eso tuvo un primer intento con el 2×1 de Macri, que no prosperó frente a la movilización masiva en defensa del juicio y castigo. Pero después, con la desaparición de Santiago Maldonado y las críticas de “adoctrinamiento”, parece haberse abierto un camino que hoy está más desatado. ¿Cómo interpretás el rol de funcionarios y comunicadores en ese proceso?

—En algún punto creo que fuimos muy tibios. La persona que tiene un rol de gobierno, o que ejerce la comunicación o incluso la educación, tiene una responsabilidad de formación y no puede ejercerla con liviandad o banalizar temas tan sensibles.

Ante un hecho traumático, la mente trata de olvidar. Y sabemos que eso no produce verdaderamente la sanidad emocional. Creo que como sociedad pasó eso. A la mayoría de los argentinos no le gusta que haya pasado un genocidio en su país ideal.

Este trauma, lo que hizo el colectivo de derechos humanos fue sacarlo a la luz. Pero al intento de sanidad le falló la justicia. Las leyes de impunidad y los indultos produjeron esa ruptura. Nosotros recibimos justicia tardía. Hoy los genocidas son muy grandes y están en prisión domiciliaria. La justicia tan tardía hizo que ese proceso no se haya podido producir de la mejor manera. Ahora estamos caminando como una nación traumada.

—Hablás de “caminar” y aparece la idea de militancia. Sos hijo de militantes de Montoneros y tenés tu propia militancia social y política. ¿Cómo se inscribe eso en tu recorrido?

—Mis viejos podrían haberse quedado en Francia, pero decidieron volver a Argentina y eso les cuesta su desaparición. Nosotros, los que vivimos eso de niños, y que gracias al trabajo de los familiares y organismos pudimos armar el rompecabezas de la identidad de nuestros viejos, no podíamos no estar atravesados por eso. Siempre decíamos con los compañeros: heredamos una mochila, un mandato pesadísimo.

—¿Y qué se hace con esa mochila?

—Yo me crié con mi tío Juan Carlos, que siempre fue militante peronista, en Fontana. Con él salí a militar por Menem, y nos pegamos una gran decepción, que a mí me duró hasta 1995. Ese año aparece H.I.J.O.S. Para muchos que no encontrábamos dónde militar, fue como un bálsamo. Era encontrarse con otro que hablaba tu mismo idioma. Yo iba por una contención humana, pero ya había compañeros y compañeras como Renzo (Osuna) Dafne (Zamudio) que veían un poco más allá, que tenían una idea de organización. Fue un espacio de mucha contención en una época en la que a nadie le importaba demasiado la dictadura.

—¿Cómo se relaciona esa militancia con tu práctica religiosa?

—A principios de los 2000 me sentía muy mal, y la crisis de 2001 me terminó de tumbar. No tenía fuerza para militar en nada. En 2002 me caso y me acerco a la iglesia con mi esposa, Claudia. Entendí que, para mí, la fe sin acción en este mundo no tiene validez. Son dos cosas que tienen que ir sí o sí de la mano. La militancia sin un respaldo espiritual a mí me terminó fulminando. Pero vivir encerrado en la fe sin hacer nada por el vecino no sirve.

Me empecé a sentir bien. Ese proceso duró uno o dos años. Entonces pude empezar a entender un montón de cosas, cerrar etapas, y no podía escapar, digamos, a la militancia. Encontré dentro de la iglesia ese espacio nuevamente.Ahí empecé a prepararme para militar dentro de la iglesia. Después, más acá, en 2010, volvió el ofrecimiento para militar políticamente en nuestra localidad. Y ahí pude entender que, para mí, la fe sin acción en este mundo no tiene validez. En mi forma de interpretar, son dos cosas que tienen que ir sí o sí de la mano.

¿Cómo se llama la iglesia en la que están ahora?

—Se llama Vida Nueva en Cristo (VNC) y RAM, que significa Red de Ministerios. Somos una red porque hay iglesias en diferentes provincias.

—¿Cómo es la relación con el sector del evangelismo que hoy está muy cercano al poder? ¿Hay una disputa de sentido sobre quién representa los valores de la fe?

—Es una lucha constante. Porque ellos usan la fe para validar políticas de exclusión. Nosotros, en cambio, entendemos que el Evangelio es liberación. Cuando abrimos la iglesia en Fontana, lo hicimos pensando en los que quedan afuera. Hay mucha gente que se siente defraudada por esas estructuras que hoy van y oran con Milei o que estaban con Macri. Nosotros tratamos de mantener coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos en el territorio.

—Estamos conversando en la Casa por la Memoria. ¿Qué significa este lugar para vos?

—La Casa por la Memoria tiene una carga simbólica enorme. Más allá de quién esté al frente, es un refugio, un lugar para recordar lo que pasó, pero también para discutir lo que pasa. La memoria no es estática, se construye día a día y, en momentos de tanta agresión, tiene que ser un espacio de resistencia cultural y social.

—Te tocó presidirla. ¿Qué podés contar de esa experiencia?

—En 2017, cuando mi tío Juan Carlos asume la presidencia de la Casa por la Memoria, decidí acompañarlo. Ahí empiezo a reaparecer. Luego empecé a tener un vínculo con los chicos del museo. En 2020, en plena pandemia, asumo como presidente. Fue como un enamoramiento del lugar. Peleábamos para conseguir recursos y sostenerlo: una constante.

—¿Qué balance hacés de esa experiencia de gestión?

—Fortalecer verdaderamente los espacios de memoria sigue siendo una necesidad. Hay gente que trabajó nueve o diez años y nunca fue incorporada. Muchas veces el político está más preocupado por que se vea la gestión que por construir algo a largo plazo. Pasó incluso en la Ex ESMA. A muchos trabajadores los echaron porque tenían contratos precarios, enganchados a mecanismos rarísimos de financiamiento. Mientras tanto, en los discursos se decía que los derechos humanos eran política de Estado. Creo que cuando uno está en el gobierno tiene que hacer las cosas sabiendo que van a generar conflicto, pero hacerlas igual, porque para eso la gente te votó. Hay que profundizar en serio.

—Y después viene alguien y habla del “curro de los derechos humanos”…Pero vení a ver las condiciones de trabajo y mostrá dónde está el “curro”…

—Una vez le pregunté a un ministro: “¿Cuántos establecimientos educativos tiene la provincia del Chaco?”. Entre todos los niveles, en ese momento eran unos cinco mil. Entonces le digo: ”¿Sabés cuántos somos en la Casa por la Memoria?” Si somos treinta o cuarenta, somos muchos, hacé la cuenta: cada uno tendría que visitar más de cien escuelas por año. Es imposible. Nuestro trabajo es imposible. Ahí hay que intervenir: en la formación escolar. Si logramos que un pibe entre al jardín, y pase por la primaria y la secundaria y pueda desarrollar una formación sólida en memoria y en derechos humanos, tal vez en diez o quince años tengamos otra situación. Sabemos que los pibes reciben información totalmente distorsionada. Sabemos que si publicas algo en redes te van a atacar. Pero igual hay que hacerlo.

—¿Cómo esperás este acto y marcha del 24 de marzo?

—A nivel nacional puede haber algún tipo de ofensiva libertaria. Se habla de posibles indultos. No sé si se animarán a tanto, pero tampoco sorprendería. Y eso sería muy grave para la sanidad democrática del país. Más allá del dolor de cada familia, el país necesita verdad y justicia. Pero también tengo esperanza en las organizaciones y en los compañeros. Hoy las redes también multiplican. Si miles de personas comparten memoria, eso también construye. Estamos en una situación rara, como en 2001: parece que la crisis se apaga y se prende todo el tiempo. No estalla, pero tampoco termina. Mientras tanto, lo único que podemos hacer es seguir haciendo lo que hacemos.

 

Por Gonzalo Torres

 

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