Investigadores de Vanderbilt University Medical Center secuenciaron el genoma de Jonathan, nacido hacia 1832, y encontraron variantes genéticas relacionadas con la reparación celular y la protección contra ciertos tipos de cáncer
En los jardines de Santa Elena, una isla británica del Atlántico Sur, vive un animal que nació hacia 1832. Se llama Jonathan y, con unos 194 años, es una tortuga gigante de Aldabra cuya longevidad despierta interés en los científicos.
Precisamente por esa edad, un equipo internacional analizó su ADN en busca de señales que ayuden a entender cómo envejece. El trabajo, publicado en la revista Science Advances, fue dirigido por el neurólogo Stephen Wes Clark, presidente de la Fundación Kallel, y contó con especialistas de Vanderbilt University Medical Center.
El análisis halló que algunas zonas de su material genético conservan un orden poco frecuente a esa edad, en especial las que intervienen en la producción de energía de las células. El resultado aporta indicios sobre el envejecimiento, aunque no permite afirmar que este mecanismo pueda reproducirse en personas.
La edad de Jonathan se calcula a partir de los registros de su llegada a Santa Elena en 1882, desde las Seychelles, cuando ya era adulto. La isla se encuentra en el Atlántico Sur, a unos 1.930 kilómetros de la costa de Angola.
Hoy, la tortuga pesa cerca de 204 kilogramos y habita en los jardines de Plantation House, la residencia oficial del gobernador. Allí, su historia y sus características biológicas siguen siendo objeto de estudio.
Las células de Jonathan conservan un orden poco habitual
Además de secuenciar el genoma de Jonathan, el equipo examinó marcas químicas que actúan como interruptores: determinan qué genes permanecen activos y cuáles se apagan. Esas marcas no modifican el ADN, pero influyen en la manera en que el organismo utiliza su información genética.

Una de ellas es la metilación del ADN. Consiste en la adhesión de pequeños grupos químicos al material genético. Con el paso de los años, esos patrones suelen volverse menos ordenados. El equipo llamó a ese desorden entropía de metilación, un término que, en este caso, describe la variación creciente de esas señales.
En Jonathan, esa organización se mantuvo especialmente estable en las zonas que activan o desactivan genes vinculados con las mitocondrias. Estas estructuras producen la energía que las células necesitan para funcionar. El mismo patrón apareció en regiones relacionadas con el procesamiento del ARN, una molécula que ayuda a las células a utilizar la información contenida en el ADN.
La estabilidad observada en genes relacionados con la energía celular fue una de las diferencias más llamativas entre Jonathan y otras tortugas gigantes de Aldabra examinadas por el equipo. Los autores plantean que ese orden podría contribuir a que las células mantengan mejor algunas funciones esenciales con el paso del tiempo.
Clark explicó que el deterioro de estos mecanismos suele acompañar al envejecimiento. “Podría ser posible proteger a las mitocondrias de las consecuencias de una expresión genética desordenada asociada con la edad”, señaló al presentar los resultados, según informó Vanderbilt Health.
El genoma mostró variantes vinculadas con procesos del envejecimiento
El análisis identificó 287 variantes genéticas exclusivas de Jonathan. Se relacionan con la reparación del ADN, la regulación de la insulina, la actividad de las mitocondrias y la protección de los extremos de los cromosomas. Esos extremos, llamados telómeros, ayudan a preservar la información genética cuando las células se dividen.
Los científicos hallaron, además, variantes asociadas con mecanismos que frenan el desarrollo de tumores. Ese aspecto despertó el interés de Clark, quien se preguntaba por qué algunos cánceres del sistema nervioso se vuelven menos frecuentes en edades muy avanzadas.

Pese a esos resultados, la investigación no demuestra que esas particularidades sean la causa de la vida excepcional de Jonathan. El trabajo se basa en un único animal de edad extraordinaria, por lo que todavía no permite saber si los rasgos detectados son comunes en otras tortugas longevas o si corresponden solamente a este ejemplar.
Benjamin Vaisvil, investigador de la Fundación Kallel y uno de los autores principales, resumió esa cautela en declaraciones recogidas por Live Science: “No podemos decir con certeza que lo que encontramos sea la razón de su longevidad”. Por eso, los resultados deben entenderse como una hipótesis que requiere nuevas comprobaciones.
Una muestra de sangre podría confirmar los resultados
El proyecto comenzó en 2017, cuando Clark contactó a Joe Hollins, veterinario de Santa Elena, para solicitar una muestra de sangre. La extracción no fue autorizada por razones de salud. En su lugar, el equipo consiguió una pequeña muestra de tejido del interior de la mejilla de la tortuga.

Especialistas del Centro de Tecnologías Genómicas Avanzadas de Vanderbilt realizaron la lectura del ADN y de sus señales químicas. También participó Steve Horvath, investigador de la Universidad de California en Los Ángeles, conocido por desarrollar métodos que estiman la edad biológica a partir de cambios en el ADN.
Los autores consideran que una muestra de sangre permitiría obtener información genética más completa y comprobar sus conclusiones. La Fundación Kallel prevé, además, ampliar el estudio a otras especies de vida prolongada y analizar distintos procesos relacionados con el envejecimiento.
















































