El asesino del parking fue el autor de dos crímenes brutales ocurridos en un garaje de Barcelona, España. En enero de 2003, Juan José Pérez Rangel atacó de forma feroz a dos mujeres utilizando un martillo de encofrador.
Los hechos se desarrollaron en un complejo de cocheras de la calle Bertrán. La primera víctima fue María Àngels Ribot, atacada el 11 de enero. El agresor la golpeó repetidamente en el cráneo, la estranguló y ocultó el cadáver bajo una escalera de la propiedad.
Once días después, el criminal regresó al mismo escenario para atacar a su segunda víctima, María Teresa de Diego. En este caso, el asesino utilizó vendas y grilletes de juguete para inmovilizarla antes de acabar con su vida mediante golpes certeros con la misma herramienta de obra.
La repetición del patrón en el mismo lugar generó una conmoción social absoluta en el barrio. La policía catalana inició una investigación basada en el análisis de las cámaras de seguridad, que mostraron a un sospechoso con una campera azul merodeando la zona.

Pérez Rangel fue finalmente capturado tras intentar realizar extracciones de dinero en cajeros automáticos con las tarjetas de crédito de las mujeres asesinadas. A pesar de su apariencia de persona común y corriente, los peritos lo describieron como un sujeto frío y con rasgos psicopáticos.
Justicia penal y una condena sin precedentes
En diciembre de 2004, la Audiencia de Barcelona dictó una sentencia que marcó un hito judicial. Pérez Rangel recibió una pena de 52 años y 9 meses de prisión, considerada una de las condenas más extensas registradas en la historia de la región por crímenes de esta naturaleza.
El tribunal determinó que existió alevosía y ensañamiento en ambos asesinatos. La justicia también le impuso una indemnización de 600.000 euros para los familiares, aunque el foco principal estuvo en la peligrosidad del asesino y su absoluta falta de arrepentimiento durante el proceso.

Este suceso es hoy un caso de estudio en las facultades de criminología por la precisión del modus operandi. La seguridad en los estacionamientos privados de las grandes ciudades debió reforzarse tras estos eventos. El miedo en el barrio del Putxet duró varios años.
Los forenses destacaron la saña empleada en cada uno de los ataques. El uso del martillo de encofrador evidenció una voluntad de matar sin piedad. La sociedad española aún recuerda este episodio como uno de los más siniestros de la crónica policial del país ibérico.
El perfil del agresor correspondía al de un depredador oportunista que elegía víctimas vulnerables. La captura de Rangel cerró una de las etapas más angustiantes para los vecinos. Las pruebas de huellas dactilares encontradas en el lugar fueron determinantes para ratificar su culpabilidad.
La sentencia firme permitió que las familias encontraran algo de paz frente a un sujeto de extrema peligrosidad. El debate sobre la seguridad urbana y la psicopatía criminal se mantuvo vigente en los medios. Fue un hito que cambió la percepción del riesgo a toda hora y en todo lugar.















































