Contener enojos y temores es clave para tomar decisiones conscientes luego de sufrir un fraude de esta especie. Un detalle de los pasos a seguir, los imprescindibles y los deseables.
El “bip bip” de Gmail sonó justo en la preparación de un merecido café con leche, la tarde de un día que había sido trabajoso. No esperé a terminar la merienda para revisar la casilla: dos mensajes nuevos, provenientes de una conocida plataforma de pagos móviles, decían que “mi compra” había sido exitosa. Debajo de los últimos números de mi tarjeta de crédito aparecía la foto de un regio juego de mesa y sillas por la módica suma de 500.000 pesos. El problema es que yo no había hecho esa compra.
La confusión predominó en los minutos que siguieron. Nadie en casa había usado la tarjeta de crédito. Mientras intentaba ordenar los pensamientos, cayó otro mail. En este caso, la mueblería. “Estamos preparando tu pedido, llegará el jueves entre las 14 y las 18 horas”. En el formulario, mi nombre aparecía como “comprador” y un enlace ofrecía seguir el recorrido del envío.
Procuré la calma, aunque cada nuevo mensaje la alejaba más de mí. En las noticias sobre ciberincidentes habitualmente se menciona que los atacantes buscan que sus víctimas actúen en forma impulsiva. Tiene lógica: temores, incertidumbres y apuros son explosivos. Por eso, reprimí las ganas de tocar links y lo primero que pensé fue en un phishing. En criollo, que esa compra simplemente no existió y que los mensajes solo suplantaban la identidad de un vendedor, intentando que rellene formularios con datos personales.

Pero después llegó la facturación —seguí conteniendo mi deseo de aperturas, clics y descargas— y pronto entendí que no era phishing. La compra había sido hecha; era real. Abrí el home banking para chequear si aparecía un nuevo cargo en la tarjeta de crédito. Nada. Confundido, busqué el número del vendedor. El contestador respondió que los asesores atienden hasta las 18 horas. Entonces supuse que el horario de la compra no había sido casual.
¿Qué hacer si clonaron tu tarjeta y compraron online? Algunos llamados y mucha calma
Llamar al banco fue la mejor decisión, con la merienda ya consumada. Mi entidad tomó el aviso y transfirió la llamada a Visa para que confirme la denuncia. Después de varias preguntas de seguridad, la bloquearon y dijeron que pronto enviarían un nuevo plástico. Con el bloqueo ya puesto y favoreciendo mi calma, pude dormir esa noche. Pero entre las 4 y las 5 de la mañana sonaron más bips de Gmail, en este caso, por dos compras rechazadas que, repartidas en cuotas, sumarían más de 1 millón de pesos a mi resumen.
Entre el enojo, algunos aprendizajes. Recordé que hace algunos meses compré dinero virtual en un videojuego que usa mi hijo y que insistí varias veces porque el pago con la tarjeta rebotaba. Me prometí, entonces, evitar cualquier operación en una plataforma que no conozca al dedillo. Exageré: no compraré en ninguna otra.

Algo más: descubrí que la aplicación de mi banco permite pausar las tarjetas, incluso la de débito que no había sido vulnerada, pero que en medio de la paranoia no sabía si también estaría involucrada en alguna filtración. Así, los días posteriores a la estafa pude vivir más tranquilo: mientras no la uso, nadie más puede hacerlo.
Lo primero es el enojo, pero hay pasos a seguir
Arturo Busleiman, CEO de Buanzo Consulting, además de responsable de Ciberseguridad en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la Argentina, dio en la tecla. “Cuando te das cuenta de que fuiste víctima de un fraude, lo primero que hacés es sentirte enojado”, dice su primer mensaje de audio en WhatsApp.
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Hablé con “Buanzo” en varias ocasiones, para repasos sobre incidentes de ciberseguridad. Esta era la primera vez que lo hacía en calidad de víctima. Le agradecí porque no habló con el casete puesto. Porque en el mundillo de la ciberseguridad muchos especialistas parecen esos jugadores de fútbol que en las entrevistas repiten cuatro o cinco frases que se ajustan a casi cualquier escenario.

“A pesar del enojo, hay que ser objetivos y pragmáticos. Las recomendaciones son siempre las mismas: configurá toda plataforma que uses con los máximos niveles de seguridad que puedas, habilitando el multiple factor de autenticación, guardando códigos de seguridad, entre otros puntos”, dice en otro mensaje.
Y remata en un tercero, que responde desde un ambiente más ruidoso que antes: “La mayoría de las personas no se preocupan hasta que pasa algo. Entonces, el mejor consejo es actuar antes, porque estas cosas pueden complicarte la vida”.
Busleiman cierra la conversación con otra sugerencia que vale la pena anotar: después de bloquear la tarjeta clonada —o lo que sea para frenar el derrame— conviene hacer la denuncia puede valer la pena. “A veces es engorrosa, no te entienden, no te dan bola o te dicen no eso no es así, igualmente hay formas de hacerlo. Se puede denunciar en fiscalía o en comisaría, pero siempre recomiendo la UFECI, que es la Unidad Especializada en Cibercrimen, que la maneja del excelente fiscal Horacio Azzolin, que siempre tuvo mucha visión para estos temas”.
En resumen: si bien no hay defensas que cierren por todos lados, porque cada banco tiene su propias mecanismos, chequeos, controles y cosas que te permiten; el primer y fundamental paso después de detectar una compra ilegítima es llamar a la entidad emisora para dar aviso del fraude, pedir el bloqueo de la tarjeta y hacer el desconocimiento de la operación para que no llegue en el resumen. En rigor, lo que hacen es agregar un crédito de igual monto, para que la víctima no tenga que pagar.
Más voces para convertir el problema en un aprendizaje
“Con el auge de inteligencia artificial, muchas cosas empiezan a tener una frontera difusa. Tenemos que empezar a entender más de este ecosistema, porque los próximos cinco o diez años van a traer cambios muy grandes y necesitamos estar preparados”, opina “Buanzo”.
Para escuchar más voces y convertir mi problema en un aprendizaje, llamé a Martín Tartarelli, CEO de la empresa Faraday. Es posible que haya notado mi preocupación, porque lo primero que hace es mencionar los pasos a seguir.

“Para empezar, hay que verificar la operación desde las aplicaciones oficiales, sin tocar ningún enlace del correo. Que un mensaje mencione a Mercado Pago, por ejemplo, no garantiza que sea legítimo: también podría tratarse de phishing”, menciona.
– ¿Y en el caso que la compra aparezca en el home banking?
– Si el consumo realmente existe, hay que bloquear la tarjeta, desconocer la compra ante el banco o emisor y guardar toda la evidencia disponible: correos, facturas, montos, horarios, datos del vendedor y dirección de entrega. También recomiendo cambiar la contraseña del correo, cerrar las sesiones abiertas y activar el doble factor de autenticación.
– ¿Cómo se filtran este tipo de datos, como el de mi tarjeta?
– Puede ocurrir porque el atacante obtuvo un paquete completo —tarjeta, nombre, correo y posiblemente otros datos personales— y lo utilizó para completar la operación.
– ¿El reclamo hay que hacerlo al banco? ¿Qué pasa cuando intermedia una billetera electrónica?
– Hay que hacerlo a ambos, en este caso, porque cumplen funciones diferentes. Al banco o emisor se le debe desconocer formalmente el consumo, solicitando el bloqueo y reemplazo de la tarjeta. A las billeteras virtuales se le reporta la operación fraudulenta para intentar detener el pago o la entrega y preservar la información de la cuenta utilizada. Si el vendedor está identificado, también conviene avisarle cuanto antes.
– ¿Bloquear la tarjeta es suficiente?
– No. Bloquearla evita nuevas operaciones, pero no revierte automáticamente las que ya se realizaron. Hay que desconocer cada consumo, guardar los números de reclamo y controlar los movimientos posteriores.
– Finalmente, ¿conviene hacer una denuncia?
– Sí, especialmente si hubo varias operaciones, montos relevantes, una cuenta creada utilizando nuestra identidad o una dirección de entrega asociada a las compras. No siempre es un requisito para recuperar el dinero, pero deja constancia de lo sucedido y permite que el hecho pueda ser investigado.















































