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Opinión

Chaco: una provincia devastada por una dirigencia que parece más preocupada por acomodar parientes que por ayudar a la gente

El Chaco atraviesa una de las crisis sociales, económicas e institucionales más profundas de los últimos años. Pero mientras miles de familias hacen malabares para comer, pagar la luz, comprar medicamentos o simplemente llegar a fin de mes, gran parte de la dirigencia política parece vivir en una realidad paralela.

Porque mientras la gente sufre, ellos acomodan familiares.
Mientras los trabajadores pierden poder adquisitivo, ellos multiplican cargos.
Mientras los hospitales colapsan, ellos discuten espacios de poder.
Mientras los jóvenes se van de la provincia buscando futuro, ellos reparten contratos entre amigos, militantes y apellidos conocidos.

Y eso genera una bronca social cada vez más grande.

El problema del Chaco ya no es solamente económico.
Es moral.
Es político.
Es estructural.

Durante años, distintos gobiernos prometieron cambio, transparencia, modernización y oportunidades. Pero al final, muchos terminaron cayendo en las mismas prácticas:
acomodar familiares, sostener estructuras políticas gigantescas, blindarse con pauta oficial y usar el Estado como herramienta de supervivencia partidaria.

La gente está cansada de ver cómo cambian los nombres pero no las mañas.

Porque gobierne quien gobierne, siempre aparecen funcionarios con familiares nombrados, asesores que nadie conoce, áreas llenas de cargos políticos y privilegios para unos pocos mientras la mayoría vive cada vez peor.

Y lo más indignante es que todo eso se sostiene con la plata de los chaqueños.

Con la plata del trabajador que paga impuestos.
Del jubilado que no llega a fin de mes.
Del comerciante que vende menos.
Del empleado público que cobra salarios destruidos por la inflación.
Del docente que tiene que hacer paros para reclamar dignidad.
Del paciente que espera medicamentos.
De la familia que depende de un hospital público deteriorado.

Mientras tanto, la política parece encerrada en internas eternas, operaciones mediáticas, peleas de poder y campañas publicitarias que intentan maquillar una realidad imposible de esconder.

Las calles hablan.
Los barrios hablan.
Los hospitales hablan.
Las escuelas hablan.
Y todos muestran lo mismo:
abandono, improvisación y una desconexión enorme entre la dirigencia y la vida real de la gente.

En el Chaco hay jóvenes que estudian y no consiguen trabajo.
Hay profesionales que emigran porque no ven futuro.
Hay familias enteras dependiendo de comedores.
Hay empleados municipales cobrando salarios miserables.
Hay pacientes esperando autorizaciones eternas para tratamientos médicos.
Hay inseguridad creciente.
Hay rutas destruidas.
Hay localidades olvidadas.

Pero aun así, muchos dirigentes siguen actuando como si el problema principal fuera sostener poder político, acomodar aliados y garantizar negocios.

La sensación de impunidad también alimenta el enojo social.

Porque cuando aparecen denuncias, escándalos administrativos o irregularidades, rara vez alguien se hace responsable de verdad.
Siempre hay excusas.
Siempre hay operaciones cruzadas.
Siempre hay relatos armados para intentar desviar la atención.

Y mientras tanto, el Chaco sigue retrocediendo.

Lo más triste es que la provincia tiene potencial enorme.
Tiene recursos.
Tiene gente trabajadora.
Tiene profesionales valiosos.
Tiene jóvenes con talento.
Tiene historia y capacidad para crecer.

Pero ese potencial queda atrapado hace años entre mezquindades políticas, corrupción, improvisación y dirigentes que muchas veces priorizan la construcción personal antes que el bienestar colectivo.

La política debería estar para resolver problemas.
No para fabricar privilegios.

Debería servir para generar trabajo, mejorar la salud, fortalecer la educación y recuperar la dignidad de la gente.
No para sostener castas eternizadas en el poder.

El pueblo chaqueño no necesita más discursos vacíos.
Necesita dirigentes con empatía, honestidad, capacidad y coraje para gobernar pensando en la gente y no en sus círculos de confianza.

Porque el Chaco no está destruido por falta de recursos.
Está destruido por años de malas decisiones, ambiciones personales y una dirigencia que demasiadas veces se olvidó de para quién debía gobernar.

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