Los movimientos de hacienda aumentaron se duplicaron respecto del año pasado, en la región del Litoral e islas. La secretaría de Agricultura y SENASA promueven gestiones excepcionales para acelerar la salida de animales hacia zonas seguras.
El agua no da tregua en el Litoral argentino. El avance vertiginoso de los cauces del río Paraná y del Uruguay, alimentado por lluvias ininterrumpidas en las cuencas superiores, transformó lo que era una alerta preventiva en una de las movilizaciones de ganado más masivas y complejas de los últimos años.
Las islas y las zonas bajas del valle de inundación, habituales bastiones de la recría y el engorde estacional, se convirtieron en trampas de barro donde cada minuto cuenta para resguardar la vida del rodeo.
Hasta este fin de octubre, los datos oficiales cuantifican una evacuación dramática: 147.500 bovinos ya fueron retirados de áreas anegables para ser reubicados en campos altos o establecimientos de engorde a corral.
Las cifras de movimiento de hacienda registradas por los organismos sanitarios exponen la dimensión del fenómeno, al reflejar un incremento del 102% en el traslado de cabezas, el doble en comparación con el mismo período del año anterior.
La crecida obligó a los productores a alterar drásticamente el calendario productivo, forzando destetes anticipados y ventas de emergencia para aliviar la carga sobre los campos que aún permanecen transitables.
El paisaje en los puertos de desembarco del Delta y en los pasos fluviales de Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes es de una frenética actividad.
A diario, decenas de barcazas jaula atracan de forma incesante contra las orillas para desembarcar hacienda exhausta.
En las guarniciones costeras, el bramido del ganado se mezcla con el estruendo de los motores de los camiones jaula que esperan en fila sobre las rutas provinciales, listos para emprender trayectos hacia el interior de las provincias pampeanas.

Logística al límite y medidas de excepción
La velocidad del ascenso fluvial desbordó la capacidad de transporte habitual. Frente a esta encrucijada, la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, junto con el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), dispuso un paquete de medidas administrativas excepcionales con el objetivo de agilizar el tránsito federal de animales y evitar aglomeraciones peligrosas en los puntos de embarque.
Entre las disposiciones extraordinarias se autorizó la flexibilización temporal de ciertos trámites sanitarios de rutina, permitiendo que la vacunación contra la fiebre aftosa o determinados controles de brucelosis y tuberculosis puedan completarse en los establecimientos de destino final y no como requisito previo al embarque en las zonas declaradas en emergencia.
Asimismo, se habilitaron guías de tránsito simplificadas y se autorizó el uso de predios feriales y corrales de acopio temporal como balanzas de paso y centros de redistribución estratégica.
A pesar de estas facilidades operativas, el cuello de botella logístico sigue siendo crítico.
La disponibilidad de embarcaciones ganaderas es escasa para la demanda actual, y los fletes terrestres han registrado subas tarifarias debido a la concentración de la demanda y a la necesidad de realizar trayectos más largos hacia zonas libres de inundación.
Muchos productores pequeños, sin la infraestructura ni el capital para rentar barcazas privadas, deben coordinar operativos comunitarios para no perder la totalidad de sus rodeos.
A esta complejidad se suma el estado del ganado. Los bovinos rescatados de las islas llegan con un marcado deterioro fisiológico tras días de caminar sobre el agua, con escasa oferta forrajera y expuestos a inclemencias climáticas.
El estrés por hacinamiento durante el transporte y las lesiones articulares derivadas de la humedación prolongada representan un desafío sanitario inmediato para los veterinarios que reciben a la hacienda en los campos de destino.

El impacto productivo y las herramientas de diagnóstico
Más allá de la urgencia inmediata por poner a resguardo las vidas de los animales, el sector pecuario mira con profunda preocupación los efectos a mediano y largo plazo.
La salida intempestiva de miles de vientres de las zonas de cría impactará de manera directa en los índices de preñez de la próxima campaña, afectando la futura oferta de terneros y reconfigurando el mapa de precios en el mercado de Cañuelas y ferias regionales.
En este escenario de incertidumbre y reestructuración forzada de los sistemas productivos, la evaluación del estado general del rodeo recobra un valor central. Iniciativas como las impulsadas por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) cobran un relieve fundamental para medir las consecuencias del estrés hídrico y ambiental.
Los nuevos protocolos del programa Bienest.AR, diseñados para diagnosticar el bienestar animal mediante mediciones precisas sobre alimentación, alojamiento, salud y comportamiento, emergen como herramientas clave para monitorear la adaptación del ganado trasladado a esquemas de engorde semi intensivos o recrías de contingencia.
La capacidad de detectar deficiencias de agua limpia, evaluar lesiones cutáneas por humedad o parásitos y analizar la calidad emocional del rodeo en nuevos entornos permitirá a los ganaderos diseñar planes de contingencia más efectivos.
La experiencia acumulada durante este fenómeno extremo servirá además como insumo para las discusiones técnicas que la cadena cárnica sostendrá en espacios de transferencia tecnológica, donde la adaptabilidad de los sistemas productivos ante emergencias climáticas será un eje ineludible.
Por el momento, la prioridad absoluta sigue fija en la ribera. Mientras los ríos mantengan sus caudales elevados, el esfuerzo de productores, transportistas y autoridades continuará concentrado en sostener el operativo de rescate para evitar que la creciente transforme una crisis climática en un colapso productivo para la ganadería argentina.












































