El Retrato de Elisabeth Lederer fue vendido por una cifra sin precedentes. Un artista que desafió a su época y cuyas pinturas mezclan historia, provocación y brillo eterno
La noche del 21 de noviembre de 2025, el Retrato de Elisabeth Lederer de Gustav Klimt se vendió por USD 236,4 millones en Sotheby’s de Nueva York. Esta suma la convirtió en la obra moderna más cara adjudicada en subasta, solo superada por el Salvator Mundi de Leonardo da Vinci. La cifra récord confirma el atractivo persistente de su estilo en el mercado del arte.

El interés mundial por las obras de Klimt es palpable, situando a parte de su producción en el selecto grupo de pinturas más valiosas del mundo. Además de El beso, destaca el Retrato de Adele Bloch-Bauer I, vendido por USD 135 millones en 2006, que desencadenó debates internacionales sobre la restitución de obras saqueadas.
Elementos ornamentales únicos distinguen la obra de Klimt: un uso exuberante de ornamentos, motivos florales y símbolos en diálogo con el Art Nouveau, así como influencias del arte egipcio y bizantino. El tema central de su trabajo es la figura femenina, representada con sensualidad e intensidad.
En algunas de sus pinturas más célebres, empleó cuidadosamente la técnica del pan de oro, que identificó su Periodo Dorado y creó fondos luminosos y envolventes.

El surgimiento artístico de Klimt coincidió con el apogeo y las tensiones de la Viena imperial a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Bajo el gobierno del emperador Francisco José I, la ciudad era el epicentro de inquietudes políticas, transformaciones sociales y efervescencia cultural. Junto a personalidades como Egon Schiele, Oscar Kokoschka, Sigmund Freud y Gustav Mahler, protagonizó la renovación de la pintura figurativa y del pensamiento vanguardista.
Dentro de la sociedad vienesa, el antisemitismo incidió directamente en la historia del arte. Numerosas pinturas de Klimt pertenecieron a familias judías, lo que las expuso al saqueo nazi tras el Anschluss de Austria en 1938. Figuras como Elisabeth Lederer y Adele Bloch-Bauer fueron modelos para retratos que luego se convirtieron en símbolos disputados en la historia cultural europea y mundial.

Gustav Klimt nació en 1862 en Baumgarten, un suburbio humilde de Viena. Procedía de una familia numerosa y con pocos recursos. Su padre era grabador de oro y su madre, cantante frustrada. Estudió en la Escuela de Artes Aplicadas y colaboró con sus hermanos Georg y Ernst Jr. en la Compañía de Artistas, realizando murales para edificios públicos emblemáticos como el Museo de Historia del Arte y el Burgtheater. En 1892, la muerte de su padre y de uno de sus hermanos marcó un punto de inflexión vital y creativo.
En la década de 1890, Klimt dejó atrás el academicismo y se orientó hacia el simbolismo y la provocación social. Obras como Palas Atenea y Nuda Veritas reflejan su inquietud por los temas eróticos y por desafiar los límites morales de la sociedad de su tiempo.
Su participación en la fundación de la Secesión de Viena en 1897, junto a Koloman Moser y Josef Hoffmann, rompió con las normas artísticas establecidas y anticipó movimientos como la Bauhaus y el constructivismo.

La fascinación de Klimt por los fondos dorados y los mosaicos cristalizó tras un viaje a Rávena en 1903. En el Periodo Dorado, brillan obras como Judit, El beso, Esperanza II y los retratos de Adele Bloch-Bauer. En estos lienzos, la figura humana se aísla sobre campos dorados, heredando el simbolismo de los mosaicos bizantinos y elevando la pintura decorativa a un nuevo umbral visual.
El Retrato de Adele Bloch-Bauer I ejemplifica tanto el esplendor artístico como las heridas históricas del siglo XX. La obra fue confiscada por los nazis en 1938 y pasó décadas en el Museo Belvedere de Viena, hasta que en 2006 fue restituida a Maria Altmann, descendiente de la familia. Su venta a la Neue Galerie de Nueva York por USD 135 millones consolidó su lugar en la memoria colectiva y el debate sobre la reparación cultural.

Según Art News, el legado de Klimt reside en su destreza técnica —visible en retratos y paisajes que evocan influencias del puntillismo— y en la capacidad para captar las pulsiones de su época. Su influencia alcanza tanto al arte contemporáneo como a la interpretación de la sensualidad y el símbolo en la cultura visual.
Pese a que la obra de Klimt revela poco sobre su vida privada, sus pinturas transmiten la atmósfera contradictoria de una Viena resplandeciente y convulsa, cuyo esplendor y fragilidad laten en cada trazo dorado de su herencia.









































