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Tecnología

“Soy Creeper, atrápame si puedes”: el inofensivo primer virus informático cumple 50 años

El programa que fue diseñado en 1971 sin las malas intenciones que tuvieron sus sucesores.

Las pantallas de las computadoras alcanzadas por el primer virus informático de la historia, que acaba de cumplir 50 años de vida, mostraban un mensaje inocente: “Soy Creeper. Atrápame si puedes”. Podemos celebrar su aniversario sin culpa, ya que Creeper era un bicho bueno e inofensivo: su intención no era provocar daños, robar información o extorsionar a los usuarios.

Tal como explicó a El País de España el fundador del Malware Museum, Mykko Hypponen, “los virus no necesitan ser maliciosos para ser un virus”. ¿Cómo se explica esto? Simple: aquello que los define no es la villanía sino la capacidad de replicarse. Eso hacia Creeper, cuyo nombre se traduce al español como “enredadera”, esas plantas capaces de estirarse y alcanzar sitios impensados. El mote tiene sentido.

El programa, pionero entre los suyos, nació en 1971 dentro de ARPANET, una red de computadoras que se creó bajo la dirección del Departamento de Defensa de Estados Unidos, y que se considera como uno de los antecedentes de Internet fundamentales, sino el más. Creeper era juguetón: cuando “invadía” un nuevo dispositivo, se borraba en aquel que abandonaba.

En ese orden, Hypponen señaló que el virus no explotaba vulnerabilidades en los sistemas a los que efectivamente accedía, sino que introducía una copia de sí mismo en un nuevo dispositivo.

Para los amantes de los datos técnicos, Creeper infectaba computadoras DEC PDP-10 que corrían con el sistema operativo TENEX.

El concepto de la “autocopia”

Bob Thomas es el hombre detrás del primer virus informático del que se tiene noticia. El investigador fue el encargado de diseñar y experimentar con Creeper, cuya principal habilidad era la posibilidad de generar copias de sí mismo. Expertos en seguridad informática coinciden en una suerte de indulto a Thomas, señalando que si él no hubiese creado ese programa, de todos modos habrían aparecido los softwares maliciosos que hoy generan dolores de cabeza a compañías, gobiernos, organizaciones y usuarios de a pie.

Por lo demás, la idea de la autocopia en informática no necesariamente tiene fines non sanctos. Esa habilidad es también fundamental, por ejemplo, para la instalación de programas en forma remota. De otro modo, si esa capacidad no existiese en ese mundillo, en las grandes redes habría que instalar los programas computadora por computadora.

“Soy Creeper: Atrápame si puedes”, se leía en las computadoras alcanzadas por el virus.

Dicho esto, se comprende que Creeper abrió paso a los virus informáticos que ahora conocemos pero que poco tienen en común los respectivos accionares, más allá de la capacidad de multiplicarse. Además, hay que tener en cuenta que aquel virus primitivo invadía sistemas también primitivos, con nulas protecciones de seguridad. ¿Para qué poner llave en un mundo en el que aún no existían los usurpadores?

El antídoto

Poco ha quedado de Creeper más que su legado: su código fuente no se preservó, aunque los especialistas apuntan que se trataba de una programación sencilla.

Cuando ese primer virus comenzó a desparramarse surgió el necesario antifármaco, eso que ahora llamamos antivirus. Ese desarrollo fue cortesía de Ray Tomlinson, que hacia 1972 creó a Reaper (“podadora”, en español), un software que neutralizaba a la enredadera ahora cincuentona. El mencionado programador es conocido por haber sido el hombre detrás del primer correo electrónico de la historia, que también se envió en ARPANET, con el @ incluido en la dirección.

Tal como señala la fuente mencionada, la verdadera batalla entre los virus y los antivirus no se vio sino hasta inicios de los ochentas. Como sabemos, esa lucha está activa, con virus cada vez más sofisticados y malignos que, cuando voltean la cabeza y miran su árbol genealógico, encuentran a Creeper, un virus que fue bonachón aunque abrió la compuerta a otros no tan buenos como él. El lema “hecha la ley, hecha la trampa” quizá no tenga un ejemplo más atinado que éste.

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