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Opinión

[OPINIÓN] El mensaje de las urnas

El Frente de Todos todavía está a tiempo de relanzar la campaña. Sin embargo, si las indefiniciones demoran mucho más, y se prolongan las desavenencias y enfrentamientos internos, será demasiado tarde

Los resultados de las PASO del domingo pasado generaron un verdadero cimbronazo político que pareciera haber modificado el tablero de forma radical. Pero, después del momento inicial de sorpresa y de varios días de intenso frenesí, es necesario detenerse a reflexionar sobre lo que nos dicen y lo que también no nos dicen estos números, y sobre lo que puede pasar en las próximas semanas de cara a las elecciones generales de noviembre. Separar “la paja del trigo”, como reza el refrán popular, y dimensionar correctamente el mensaje de las urnas es imprescindible para no precipitarse y dar por ciertos e inevitables escenarios que hoy son solo posibles.

Si pronosticar resultados es siempre una tarea ardua y difícil en tanto incorpora factores contingentes y circunstancias inesperadas, en este contexto marcado como nunca antes por la incertidumbre, la volatilidad y la imposibilidad tanto personal como social de imaginar escenarios futuros, lo es mucho más aún. Sin embargo, aun con la cautela que demandan estos tiempos de “nueva normalidad”, resulta innegable que existen diversos indicadores que daban cuenta de un escenario de profundo malestar y de marcada insatisfacción social.

Voto y economía

A pesar de que sin duda la decisión sobre el voto es multicausal y no puede resumirse solo a una única dimensión, es claro que el escenario económico aún muy marcado por las consecuencias de la pandemia se presentaba muy complejo. Una inflación acumulada del 32% en lo que va del 2021 y de más del 50% acumulada en el último año, con mayores números incluso en componentes centrales de la canasta como alimentos, transporte, salud, mientras los ingresos en el bolsillo corren por detrás, con un marcado deterioro, que se profundiza en el sector informal de la economía. El reflejo de la inflación son los más de 19 millones de argentinos en la pobreza, más de 6 puntos por encima de la situación pre pandemia. En esta línea, un estudio reciente anticipaba que la masa de ingresos fijos de las familias, que incluye salarios, jubilaciones y asignaciones, no era tan baja desde el 2009, cuando el oficialismo también perdió las elecciones legislativas de medio término. A su vez, los valores máximos de esa masa de ingresos reales se registraron en 2011 y 2017: en ambos se registraron resonantes victorias oficialistas.

Aunque la correlación entre dos datos no siempre significa que existe una relación de causalidad, lo cierto es que cuando la pobreza sube y los ingresos bajan, los gobiernos pierden elecciones. Incluso gobiernos que a los 99 días de su inicio tuvieron que hacer frente a una de las crisis más profundas que pueda enfrentar una gestión como lo es una pandemia global, y lograron vacunar a casi el 64% de su población en pocos meses. Más allá de esta mirada simplificada y no por eso menos cierta, seguramente otros factores no necesariamente vinculados a la economía también marcaron fuertemente el clima social, como el agotamiento emocional generado por la extensa pandemia, la crisis generada por la foto del festejo en Olivos, junto con una campaña electoral que no logró estar a la altura de los desafíos que plantean tanto el contexto nacional y global, como las demandas de la ciudadanía.

Si había dudas de cómo se iba a expresar ese malestar evidente, quedaron despejadas con el resultado electoral: el descontento se canalizó mayoritariamente hacia el voto castigo a la gestión del gobierno nacional, que cosechó el 31% de los votos a nivel nacional, una cifra inédita para un peronismo unido, y quedó casi 10 puntos por debajo de Juntos por el Cambio. Sin embargo, también debe señalarse que Juntos por el Cambio no mejoró su performance electoral con respecto al 2019, incluso cosechó un millón y medio de votos menos, lo que refleja que los votos que perdió el oficialismo se canalizaron hacia algunas otras opciones, como agrupaciones provinciales, hacia la izquierda, y minoritariamente hacia nuevas opciones derecha, un fenómeno que habrá que analizar con mayor detenimiento pero que por el momento se circunscribe mayoritariamente a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Pero también es importante señalar que el malestar se canalizó minoritariamente hacia el abstencionismo: sólo votaron el 66,21% de las personas habilitadas para votar, 10 puntos por debajo del promedio de participación en las PASO, y la cifra más baja desde que se estrenaron en el 2011.

De la derrota a la crisis

Así como se repite como un mantra que las elecciones intermedias no predicen ni determinan los resultados de las elecciones ejecutivas, en este contexto de incertidumbre, a pesar de una tendencia clara que no va a ser fácil de revertir, lo cierto es que hasta las elecciones generales puede haber cambios significativos que modifiquen la proyección de bancas. Ya lo hemos visto en 2019, cuando Juntos por el Cambio subió más de 7 puntos a nivel nacional, y Vidal subió 3,6 puntos en la Provincia de Buenos Aires. También en el 2017: en 7 distritos distintos, en las elecciones generales se revirtieron los resultados de las primarias, tanto a favor como en contra de los oficialismos locales: las elecciones a Senadores de Buenos Aires, La Rioja y San Luis, y las elecciones a diputados nacionales en Santa Fe, Salta, Chaco y La Pampa. Y finalmente, en el escenario actual, también hay que considerar especialmente la baja participación. Si tenemos en cuenta que la participación electoral en elecciones generales suele rondar el 80%, en las elecciones de noviembre en un contexto donde la pandemia ya esté mucho más controlada pueden sumarse cerca de 5 millones de votos nuevos. Por todo esto, todavía queda mucho camino por recorrer.

Sin embargo, habiendo transcurrido apenas una semana después de la derrota electoral de la coalición de gobierno, y pese a todos estos matices que exigirían extremada cautela a la hora de proyectar escenarios de cara a las generales de noviembre, muchas cosas ya han pasado. De esa imagen del domingo por la noche, con todos los referentes del espacio subidos al escenario acompañando al Presidente en un discurso con un tono muy moderado, que admitió errores y prometió escuchar el mensaje de las urnas, poco y nada queda ya.

Sin duda que la fortaleza de una coalición y su unidad se ponen a prueba más en momentos de derrotas que de triunfos. Pero lo más llamativo de esta crisis interna es que algunos sectores decidieron exponerla y escalarla de cara a toda la sociedad. Una decisión muy difícil de entender desde una mirada estratégica, porque no hay que ser ningún iluminado para deducir que no es el mejor puntapié para relanzar la campaña y sumar voluntades de acá a noviembre.

Más allá de la puesta a disposición de renuncias, de los audios filtrados, de los tuits y duras cartas públicas, y del nuevo gabinete anunciado en las últimas horas, lo cierto es que este quiebre que sobrevino a la derrota electoral deja al descubierto un conflicto que estaba latente desde el inicio de la gestión. No podemos olvidar que en el 2019, en un experimento inédito en la política argentina, una vicepresidenta eligió al candidato presidencial. Detrás de esta maniobra había un claro reconocimiento: el kirchnerismo “puro” ya no era suficiente para ganar las elecciones, porque el desgaste de las gestiones previas había consolidado un techo inquebrantable, incluso ante el estrepitoso fracaso económico de la gestión macrista.

La designación de Alberto, que se había manifestado públicamente muy crítico del gobierno de Cristina, era una forma de hacer autocrítica y admitir errores tácitamente, prometiendo a la sociedad una gestión con lo mejor del kirchnerismo pero sin sus más rechazadas formas y errores. El mensaje funcionó, la coalición fue un éxito desde lo electoral, cosechando el 48% de los votos y triunfando en primera vuelta. Pero un Frente necesita más que unidad en lo electoral, necesita coincidencias en cuestiones programáticas centrales, y una mirada común en torno a los principales objetivos económicos, políticos y sociales de una gestión. En estos dos años ya hubo múltiples indicios de que esas coincidencias no estaban tan claras, pero hoy las diferencias parecen, por momentos, casi insuperables.

Interrogantes de cara a noviembre

Así las cosas, a la luz de los resultados del domingo, y la necesidad de redefinir la hoja de ruta la pregunta central es: ¿cuál es el mensaje que le dieron las urnas al oficialismo? ¿Puede ser una de las causas de la derrota que justamente esa promesa de un gobierno diferente que encarnaba Alberto nunca terminó de despegar, con figuras, medidas, estilos y tonos demasiado cercanos al pasado que en 2015 la sociedad argentina decidió dejar atrás, y que no era suficiente para ganar en el 2019? ¿O, por el contrario, el castigo electoral fue por alejarse demasiado de esa línea histórica?

Responder estas preguntas y lograr descifrar correctamente el mensaje electoral y la exigencia social es central para marcar la orientación de las necesarias correcciones, redefinir el rumbo del gobierno, el perfil del nuevo gabinete y, en definitiva, el equilibrio entre los actores dentro de la coalición.

Todavía hay tiempo de suturar heridas, consolidar mensajes y relanzar la campaña de cara al 14 de noviembre. Pero si las indefiniciones demoran mucho más, y se prolongan las desavenencias y enfrentamientos internos, puede que para el oficialismo después sea demasiado tarde.

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