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Javier Milei y Luis Juez, dos visiones extremas sobre el pueblo y las elites argentinas

“Qué pueblo de mierda” exclamó, refiriéndose al nuestro, el senador Luis Juez días atrás, poco después de tirarse contra la democracia que, según él, “a ningún argentino le cambió la vida”. La frustración empuja a exagerar, pero también puede ayudar a pensar.

Luis Juez se ha dedicado últimamente a lanzar frases explosivas. En un sistema político donde impera en general la corrección política, la aversión al riesgo, y los políticos se limitan en muchos casos a repetir libretos que saben que le van a gustar a su público de siempre, porque no hacen más que ratificar lo que este ya piensa sobre los problemas y sus causas, es un mérito sacudir un poco el avispero. La discusión, de todos modos, podría ser más interesante, si se argumentara un poco, además de solo provocar. Pero bueno, tal vez argumentar sea el trabajo de otros, que puedan aprovechar las oportunidades que crea gente como Juez para tirar del hilo. Intentémoslo.

Es indudable que a la democracia argentina no le han salido muy bien las cosas. Tenemos hoy muchos más pobres que en 1983, nuestro índice de desarrollo, comparado con el de otros países de la región, está bastante peor, no sólo en términos de inversión, empleo, exportaciones, también en educación, salud o infraestructura. Encima tenemos una inflación que no es mucho más baja que cuatro décadas atrás, mientras que en casi todos los demás países latinoamericanos ella dejó de ser un problema acuciante.

No por nada, frustración es la palabra que mejor resume nuestro sentir colectivo, y lo es desde hace bastante tiempo. Somos una sociedad ganada por el desánimo, lo que por otro lado es casi una bendición, porque la alternativa tal vez sea que nos domine la bronca y el rencor. Muy lejos de eso puede que no estemos.

Claro que concluir de todo eso que la democracia entre nosotros ´no le cambió la vida a nadie´, como hizo días atrás el senador Juez, es por lo menos apresurado, porque lo cierto es que nos cambió la vida a todos y de forma extraordinariamente positiva. Haber erradicado la violencia política, para empezar, fue una extraordinaria mejora. También que hayamos podido sacarnos de encima, pacíficamente, gobiernos malos. Que no pudimos reemplazar por otros mucho mejores, ciertamente.

¿A quién echarle la culpa de estos malos rendimientos? ¿Cuál es el origen de nuestra desgracia?

Hay varias explicaciones en competencia dando vuelta. Y la que tiene sin duda más consenso por ahora es la de Javier Milei. Según la cual, la culpa es de la dirigencia, ‘la casta’, toda ella. Si cambiamos de dirigentes, entonces, las cosas empezarían a funcionar mejor. No parece en principio una mala idea. Pero convengamos en que no es tan nueva como ella pretende, podría considerarse solo una ampliación de la que hemos venido usando para cambiar unos gobiernos por otros. Sin suerte.

Sería algo nuevo sí que cambiemos a todos juntos, como lo que se soñó en hacer en 2001 y no sucedió. Pero la verdad es que además de demasiado extensa e indiferenciada, porque no permite distinguir comportamientos buenos y malos, resulta una idea a la vez demasiado estrecha, porque subestima toda una gran variedad de asuntos que podríamos llamar estructurales, déficits culturales, institucionales, de organización de actores e intereses, que van a seguir ahí aunque cambie la elite que los administra.

Javier Milei asegura que los problemas que enfrenta el país se deben a la dirigencia política. (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)
Javier Milei asegura que los problemas que enfrenta el país se deben a la dirigencia política. (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)Por: REUTERS

Tal vez fue pensando en eso, y para polemizar con Milei, o puede que simplemente para llamar la atención, que Luis Juez lanzó esta semana otra frase provocativa, aún más brutal que la referida a los rendimientos de la democracia. Venía hablando sobre lo poco que les exigimos a los gobernantes y lo mucho que les toleramos, a diferencia por caso de a nuestros futbolistas, y cerró con una explosión: ‘qué pueblo de mierda’.

No es tampoco una idea nueva. Que como ciudadanos dejamos bastante que desear, que no hacemos un uso muy criterioso de nuestros derechos políticos es algo que se ha dicho infinidad de veces. En todos los tonos. Que no deberíamos quejarnos tanto de los gobiernos que tenemos, si a algunos los hemos vuelto a votar después de constatado lo poco que podíamos esperar de ellos, es bastante lógico.

El problema con la afirmación de Juez, en todo caso, fue además de la generalización, el escaso interés que mostró en argumentar.

Así que él tiró la piedra, algunos se escandalizaron, lo acusaron de ‘antiargentino’, ‘antipopular’, hasta de ´antidemocrático´, sobre todo desde el oficialismo, siempre atento a impedir cualquier conversación, y el cruce quedó pronto en nada, camino al olvido.

Una pena, aunque seguramente habrá nuevas oportunidades para que encaremos estos asuntos, demasiado evidentes y pesados para que los ignoremos todo el tiempo. Si la juzgamos en relación a los rendimientos esperados en 1983, en cualquier variante que escojamos, claro que podemos sentirnos frustrados con nuestra democracia. Y si aceptamos que ´los dirigentes nos representan´, claro que como ciudadanos nos conviene hacernos cargo, no conformarnos con echarle la culpa a las elites.

Y conviene obviamente que todo esto sea parte de nuestra conversación política, para que ella no quede reducida a una disputa oportunista sobre temas de coyuntura. Lo que no va a suceder mientras el único recurso para apelar a estos temas sea el exabrupto.

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