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Economia

[OPINIÓN] La inflación lastima, pero la falta de dólares mata

El Estado argentino se ha quedado sin divisas suficientes para financiar el crecimiento y el actual sistema impositivo, laboral, monetario, regulatorio y cambiario, conspira en su contra

Adapté la frase del título de una reflexión de un ex presidente del Banco Central de Brasil, Mário Henrique Simonsen. Mi tocayo, un brillante economista fallecido sobre finales de los años 90, reflejaba en ese comentario el aprendizaje de quienes hacen política económica en esta parte del planeta. Un gobierno, en materia económica, puede sobrevivir a casi cualquier cosa, menos a quedarse sin dólares en el Banco Central.

En la Argentina, antes de quedarse sin reservas, el Banco Central “tira la toalla”, deja de defender un precio determinado del dólar oficial e incrementa su valor. Esa devaluación del peso implica, más temprano que tarde, un aumento de la tasa de inflación. Esa es la raíz de la frase de Simonsen, la inflación resultante de un ajuste del tipo de cambio es un problema, pero quedarse sin reservas es un problemón. De allí que, cuando el nivel de reservas se vuelve crítico, la ideología, los planes, los prejuicios se dejan en la puerta de la Casa de Gobierno o del Senado. Pasa en la bolivariana Venezuela de Maduro, que tuvo que habilitar un segmento dolarizado de su economía. Pasa en la remesas-turismo dependiente de la Cuba revolucionaria y hasta le pasa a nuestra Vicepresidenta de la Nación que se olvidó de los discursos, de los tweets, y de las cartas y declaraciones de sus subordinados senadores y admitió, la semana pasada, que habrá que pagarle al FMI, para evitar una crisis cambiaria previa a las elecciones. O en todo caso, para que no se siga profundizando la crisis cambiaria en la que estamos inmersos desde el segundo trimestre del 2018.

Y ese es el síntoma más elocuente de nuestro problema económico. La Argentina, para crecer en serio, necesita importar más de 75.000 millones de dólares por año, en insumos, maquinaria y productos no producidos en el país. Por lo tanto, necesita exportaciones, o ingreso de capitales, o préstamos o inversión extranjera directa por, al menos ese importe. Pero sucede que, sin los incentivos adecuados, por el contrario, con impuestos, cupos, prohibiciones, brechas, etc, nuestras exportaciones principales, commodities agrícolas, se han estancado, y sólo aumentan por precio, es decir cuando el mercado internacional paga más caro lo que ya exportamos, mientras que el resto de las exportaciones, no son suficientes.

Para que haya ingreso de capitales y préstamos, tenemos que mostrar capacidad de pago, y un mercado de cambios único y libre, pero sucede que tenemos déficit fiscal, deuda reprogramada de todos los colores, y mercados de cambio, intervenidos, trabados, restringidos, etc. Para lograr atraer inversión extranjera directa, o inversión directa de los propios argentinos, necesitamos ofrecer rentabilidad, un sistema impositivo estable y razonable, precios relativos alineados con los internacionales, permitirle al inversor remitir sus utilidades libremente, seguridad jurídica, etc. etc.

En otras palabras, la Argentina ha ido pergeñando un sistema económico incompatible con la generación de las divisas necesarias para financiar el monto de dólares de importaciones que se requiere para crecer. La última apuesta del kirchnerismo, la expropiación de YPF y su joya Vaca Muerta, que iba a ser la proveedora de esos dólares desde una empresa estatal fracasó por ahora, por el escenario internacional, y porque para producir, primero hace falta invertir e incorporar tecnología privada. Y esa inversión requiere de precios, de estabilidad de las reglas de juego y de la propiedad y destino de la renta.

El Estado argentino se ha quedado sin dólares suficientes para financiar el crecimiento y el actual sistema impositivo, laboral, monetario, regulatorio y cambiario, conspira contra la posibilidad de que los dólares del sector privado puedan revertir este escenario en el corto plazo.

Ya comenté, la semana pasada, que el Gobierno intentará llegar a las elecciones racionando las reservas que tiene en el Banco Central y tratando que la lluvia de pesos con la que buscará mejorar actividad y humor se filtre lo menos posible a la tasa de inflación, a la brecha cambiaria, y a la demanda de dólares oficiales. También “pronostiqué” que, dado lo que está en juego, aguanta. El problema es que la falta de dólares no va a cambiar “el día después”, salvo un salto inesperado de los precios internacionales o de nuestra producción de exportables. Ingreso de capitales en las cantidades requeridas no va a haber. Deuda externa nueva tampoco (esperemos que se pueda renovar la que va venciendo). Un eventual acuerdo con el FMI no aportará fondos frescos y, con esta estructura impositiva, de precios relativos, de regulaciones de todo tipo, de baja productividad en general, difícilmente se atraiga inversión extranjera directa en masa crítica, salvo “regalos extraordinarios” para algunos.

Con este panorama, las exportaciones del año que viene, única fuente de ingreso de divisas, no alcanzarán para crecer mucho y simultáneamente, pagar los compromisos de deuda públicos y privados que vencen.

Es decir, salvo un cambio bien profundo en el sistema económico, el día después se parece mucho al día antes.

En síntesis, la Argentina entró en una crisis cambiaria en el segundo trimestre del año 2018. Se intentó salir de esa situación con un acuerdo con el FMI, pero la propia tecnología del acuerdo obligó a un ajuste del tipo de cambio que implicó un escalón más alto en la tasa de inflación que “lastimó” el fin del gobierno de Mauricio Macri. El gobierno de los Fernández trató de superar la crisis cambiaria heredada acordando con los acreedores y el FMI, pero con la pandemia y su desmanejo macro consolidó la nueva tasa de inflación y su ADN estatista introdujo los tipos de cambio múltiples, los nuevos impuestos, las restricciones, alejando a los dólares privados voluntarios de la Argentina y alentando aún más la dolarización de los ahorros. El salto en los precios de los commodities le dio aire en este 2021, para que la falta de dólares no lo mate, pero por el desorden macro ya acumulado no pudo evitar que la inflación siguiera lastimando.

Por ahora, el 2022 pinta para otro año mediocre de administración de la miseria, pero faltan muchos datos. La evolución de la pandemia y la vacunación, el resultado electoral, y el escenario internacional.

Por ahora, la inflación seguirá lastimando y el gobierno tratará de evitar que la falta de dólares lo mate, sin alejarse demasiado de su ADN estatista e intervencionista. ¿Incluyendo la pesificación forzada?

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