Esa risa incómoda cuando otro falla es más común de lo que creemos. La psicología y la neurociencia explican por qué aparece y cómo cambia con la edad.
¿Cuál es el límite entre una emoción humana normal y conductas que pueden lastimar? “Sentir satisfacción cuando alguien recibe lo que merece es natural, pero no toda consecuencia tiene que ver con justicia”, aclara Christian Cecconi, psicólogo de la Universidad Roma Tre (Italia).
Reírse cuando alguien se tropieza, disfruta en silencio cuando una celebridad fracasa o sentir alivio cuando a otro “le va mal” no nos convierte automáticamente en personas crueles. Aunque suele generar vergüenza admitirlo, es una reacción humana frecuente y estudiada por la ciencia. El problema no es sentirla, sino qué hacemos con ella.
Investigaciones recientes muestran que la alegría por la desgracia ajena aparece desde edades muy tempranas, evoluciona con el desarrollo emocional y puede tener consecuencias distintas según el contexto. En la mayoría de los casos, es pasajera e inofensiva; en otros, puede ser la antesala de conductas como el acoso, la exclusión o la venganza.
Cuándo aparece y qué la dispara
La gracia por el mal del otro no surge de la nada. Se activa cuando se combinan emociones como celos, comparación social, competencia o sensación de injusticia. La psicóloga Simone Shamay-Tsoory, de la Universidad de Haifa (Israel), demostró que incluso niños de dos años pueden experimentarla.
En un experimento clásico, observó que los chicos mostraban signos de alegría cuando su madre —que antes había prestado atención a otro niño— sufría un pequeño percance. Esa reacción no implicaba daño directo, sino alivio emocional frente a los celos.

Los especialistas distinguen distintos tipos de regocijo por el mal momento “del otro”:
- Por justicia: aparece cuando alguien que consideramos injusto o dañino recibe una consecuencia negativa.
- Por aversión: se activa frente a personas que nos caen mal, aun sin un motivo concreto.
- Por competencia: surge cuando alguien que percibimos como “mejor” falla, lo que restaura nuestra autoestima.
Según el psicólogo Christian Cecconi, estas formas cumplen una función emocional: reducen la tensión que generan la envidia o la comparación constante.
Qué pasa en el cerebro cuando disfrutamos del mal ajeno
La neurociencia también ayuda a entender este fenómeno. Un estudio con resonancia magnética funcional mostró que, cuando sentimos envidia, se activa una zona del cerebro asociada al dolor emocional. Pero cuando esa persona luego sufre un revés, se encienden circuitos ligados a la recompensa.
En términos simples: la desgracia ajena puede aliviar un malestar previo. Cuanto mayor es la envidia inicial, mayor puede ser la sensación de placer posterior.
Cómo cambia con la edad y por qué importa
Un estudio publicado en 2025 en Psicothema analizó a más de 3.000 chicos y adolescentes. Los resultados mostraron un patrón claro:
- En la niñez, predomina la schadenfreude (alegría malsana) ligada a la justicia.
- En la adolescencia, gana peso la schadenfreude por aversión y competencia.
El investigador Antonio Cabrera-Vázquez, de la Universidad de Córdoba (España), encontró además una asociación preocupante: los adolescentes con niveles más altos de satisfacción por el perjuicio de su semejante, eran más propensos al ciberacoso.

El clima del entorno también influye. En aulas donde se promueve activamente el respeto y la empatía, las conductas agresivas disminuyen. Donde no existen esas normas, la burla y la exclusión se vuelven más frecuentes.
Cuando deja de ser inofensiva
Disfrutar en silencio de un tropiezo ocasional no suele tener consecuencias. Pero cuando esa emoción se sostiene y se combina con resentimiento, puede escalar hacia comportamientos más dañinos.
El psicólogo Loren Toussaint, del Luther College (Estados Unidos), advierte que rumiar la idea de venganza —incluso sin llevarla a la práctica— activa respuestas de estrés asociadas a ansiedad y depresión. Estudios en neurociencia muestran que el deseo de venganza puede estimular circuitos cerebrales similares a los de las adicciones.
Por eso, aprender a reconocer la tendencia a alegrarse de algo “malo” es clave. No para negarla, sino para frenar el paso siguiente.
El lado útil de una emoción incómoda
Aunque suene paradójico, el regocijo por el error ajeno también puede canalizarse de forma socialmente aceptable. Investigaciones en psicología del consumo lideradas por Yael Zemack-Rugar, de la Universidad de Florida Central, mostraron que esta emoción puede aumentar la participación en eventos solidarios, como juegos benéficos donde figuras de autoridad aceptan exponerse de manera simbólica (por ejemplo, recibir un “pastelazo”).
La clave está en el contexto: nadie sufre un daño real y la experiencia genera cohesión social, no exclusión.
Aprender a frenar el impulso
La satisfacción por el mal paso de alguna persona conocida no se elimina, pero puede gestionarse. Reconocerla cuando aparece, ponerle nombre y activar respuestas empáticas reduce el riesgo de que derive en burla, hostigamiento o violencia.
En palabras de Toussaint, perdonar no es justificar, sino soltar la carga emocional que mantiene vivo el resentimiento. Ese aprendizaje, especialmente en jóvenes, es una herramienta de salud mental a largo plazo.






































