La política local, como toda esfera de poder, no está exenta de contradicciones personales y cambios de rumbo. En la gestión de Leandro Zdero, la figura de María Noel Ibarra —actual subsecretaria de Trabajo y Empleo— ha generado controversia. Conocida por un pasado identificado con la militancia peronista y por su vínculo con Marcos Resico, hoy Ibarra aparece como una de las funcionarias más activas en medidas que afectan a trabajadores por motivos de pertenencia ideológica. Este artículo examina esa transformación aparente y sus implicancias para el mundo laboral y la credibilidad pública.
De la militancia a la función pública
María Noel Ibarra se presentó durante años como militante peronista. Su trayectoria personal y sus vínculos, incluida la relación con Marcos Resico, cimentaron una imagen pública afín a sectores históricos del peronismo. Ese pasado generó expectativas sobre su sensibilidad hacia los derechos laborales y la defensa de los trabajadores, rasgos tradicionalmente asociados a esa identidad política.
La aparente contradicción: acciones y discurso
Sin embargo, la conducta de Ibarra en su rol institucional ha alimentado denuncias y críticas. Según diversas fuentes, entre las que circulan testimonios de trabajadores y representantes sindicales, algunas decisiones y operativos de la subsecretaría habrían tenido un sesgo dirigido a sancionar, perseguir o discriminar a empleados por su pertenencia política o sindical. Esa conducta contrasta fuertemente con la narrativa de origen de la funcionaria y plantea preguntas sobre la coherencia entre pasado militante y presente administrativo.
Mecanismos de persecución ideológica en el ámbito laboral
Cuando se habla de persecución por pertenencia ideológica en el trabajo, puede abarcar desde despidos y sumarios hasta controles selectivos, sanciones administrativas y obstaculización de la organización sindical. Si estos procedimientos se instrumentan desde una subsecretaría clave para la garantía de derechos laborales, el efecto es doble: además del daño individual a los trabajadores, se erosiona la confianza en las instituciones encargadas de proteger el empleo y la libertad sindical.
Consecuencias políticas y sociales
La transformación de una figura pública con pasado militante en una funcionaria asociada a prácticas de persecución genera varios efectos:
– Pérdida de legitimidad: la credibilidad de quienes ejercen poder se ve afectada cuando sus actos contradicen su trayectoria declarada.
– Polarización: episodios de este tipo exacerban la desconfianza entre actores políticos y sindicales, dificultando el diálogo y la resolución de conflictos.
– Impacto en los trabajadores: la percepción de que la gestión pública puede actuar por punición ideológica desalienta la organización colectiva y puede incrementar la precarización laboral.
Transparencia y control institucional
Para restablecer confianza, son necesarias acciones concretas de transparencia y control. Entre ellas: investigación independiente de denuncias, auditorías sobre las medidas disciplinarias y administrativas tomadas por la subsecretaría, y la garantía de mecanismos de defensa imparciales para los trabajadores afectados. Además, promover políticas públicas claras que protejan la libertad de asociación y expresión en el ámbito laboral es imprescindible.
Reflexión
La política pública debería fundarse en la protección de derechos, no en perseguir a quienes piensan distinto. El caso de María Noel Ibarra —tal como hoy se percibe— plantea una encrucijada ética y institucional: cuando quienes alguna vez se proclamaron defensores de los trabajadores adoptan prácticas de persecución ideológica, las instituciones pierden no sólo eficacia, sino también legitimidad. Es responsabilidad de la sociedad exigir investigaciones, transparencia y, sobre todo, que el ejercicio del poder se ajuste a principios democráticos que respeten la pluralidad y los derechos laborales.
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