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Ocho países pidieron una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para debatir sobre Jerusalén

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Ocho países pidieron este miércoles una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU luego de que Estados Unidos reconociera a Jerusalén como capital de Israel.

“Las misiones de Bolivia, Egipto, Francia, Italia, Senegal, Suecia, Reino Unido y Uruguay solicitan a la presidencia” japonesa del Consejo de Seguridad “organizar una reunión de emergencia del Consejo, con un informe del secretario general, antes del fin de semana”, anunció la misión sueca en un comunicado.

El estatus de Jerusalén debe ser decidido por una “negociación directa” entre israelíes y palestinos, había declarado más temprano en la jornada el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, reiterando que siempre ha estado “en contra de toda medida unilateral”.

“No hay alternativa a la solución de dos Estados” con “Jerusalén como capital de Israel y Palestina”, agregó el jefe de Naciones Unidas luego del anuncio del presidente estadounidense Donald Trump de reconocer unilateralmente a Jerusalén como capital del Estado judío.

 

En la mañana del miércoles, el embajador boliviano Sacha Soliz había subrayado que la decisión de Washington es “peligrosa e imprudente, contraria a la ley internacional y a las resoluciones del Consejo de Seguridad”.

 

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4 playas imperdibles entre Río de Janeiro y San Pablo

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Angra quiere decir en portugués “bahía abierta”, y la denominación “dos Reis” surge porque estas tierras fueron descubiertas el día de los Reyes Magos, un 6 de enero de 1502, dos años después de que navegantes portugueses desembarcaran por primera vez en Brasil. Esta antigua ciudad, que fue uno de los más importantes puertos del país, hoy se ha convertido en un destacado centro turístico, gracias a la belleza de sus playas.

Ubicación: a 158 kilómetros de Río de Janeiro.

Alojamento: además de las tradicionales pousadas, el Hotel do Frade ofrece las comodidades de un alojamiento de lujo, una marina y un campo de golf, además de la posibilidad de alquilar viviendas en su country club. Otra opción, Blue Tree Park, posee pileta olímpica, fitness center, sauna y 10 restaurantes. Cuesta entre R$280 y R$450 la habitación doble.

Gastronomía: los principales comedores están en el centro y sobre la avenida Ayrton Senna. Cheiro Verde (Rua Coronel Carvalho, 450) o Fromaggio (Rua São Bento, 82) son buenas opciones. Comida italiana se consigue en Estrada do Contorno (Praia do Retiro).

Imperdibles: algunas de las playas más bonitas de Sudamérica se encuentran bordeadas por el verde exuberante de sus morros y en las 365 islas que salpican sus costas. Praia Brava, Piraquara, Frade, Bracuhy, Enseada o Praia Secreta son enclaves de arenas claras con poca extensión (en algunos casos de apenas un centenar de metros), palmeras y un mar que muda sus tonalidades celestes a medida que transcurre la jornada.

Informes: visitbrasil.com.

Mambucaba
Los descendientes de aquellos esclavos negros que hace 200 años llegaban a estas playas provenientes de algún puerto de África para seguir su camino a pie hasta Minas Gerais, hoy pasean sus esculturales cuerpos bajo el inclemente sol de Mambucaba. Aunque el pueblo es extremadamente pequeño y lo único que se destaca en su arquitectura es una hermosa iglesia del siglo XVIII, la playa siempre se ve animada con infaltables caipirinhas y cervezas, aunque también con el ritmo de la samba que los locales improvisan con un par de instrumentos.

Ubicación: 40 kilómetros al sur de Angra dos Reis.

Alojamiento: hay algunas pousadas, pero conviene alojarse en Hotel do Bosque, sobre la ruta (hoteldobosque.com.br) Cuesta cerca de R$900 la noche.

Gastronomía: no hay restaurantes gourmet, pero sí algunos muy tradicionales en las inmediaciones de la playa, donde se pueden probar platos típicos a base de camarón por muy poco dinero.

Paraty

La bella Paraty posee un conjunto arquitectónico colonial del siglo XVIII declarado Patrimonio Histórico Mundial por la UNESCO. Todas sus casas visten fachadas blancas, mientras sus puertas y ventanas contrastan con colores brillantes. Su singular aspecto colonial y sus playas hacen que reciba cada año a más de 150.000 visitantes.

Ubicación: situada 236 kilómetros al sur de Río de Janeiro y a 330 kilómetros al norte de San Pablo.

Alojamiento: una pousada en el centro histórico con todas las comodidades cuesta aproximadamente 400 reales la doble. La Pousada do Ouro y la Pousada da Marquesa son excelentes opciones. Cuestan aproximadamente 1000 reales la noche)

Gastronomía: uno de los mejores restaurantes de la ciudad es Vagalume (R. Comendador José Luiz, 5). Hay que probar sus especialidades: peixe azul marinho y camarão e lula à Vagalume.

Imperdibles: aunque las costas cercanas al centro, Terra Nova, Pontal y Jabaquara, se muestran sumamente agradables, merece la pena recorrer al menos parte de la veintena de otras playas que se suceden hasta la Vila de Trinidade, un pequeño poblado a la vera de la carretera BR-101, que une Río de Janeiro y Santos. En los alrededores de la ciudad también hay varios famosos alambiques que fabrican pinga, una especie de aguardiente hecha con caña de azúcar y con la cual se prepara la célebre caipirinha.

Guarujá

Guarujá es una exclusiva isla paradisíaca de playas que la alta sociedad paulista ha elegido como lugar donde pasar su tiempo libre. De hecho, el lugar ostenta uno de los valores inmobiliarios más altos del país, de modo que para adquirir allí un departamento con vista al mar en alguna de las torres de 20 ó 30 pisos cerca de la costanera hay que desembolsar entre U$S350.000 y U$S450.000.

Ubicación: a unos 100 kilómetros de San Pablo, frente a sus costas.

Alojamiento: a la hora de buscar alojamiento, Delphin es un clásico (R$550 la noche), pero Casa Grande es una excelente alternativa de lujo (R$700 la noche en base doble).

Gastronomía: la especialidad gastronómica local son los platos elaborados a base de frutos de mar, que llegan diariamente a las cocinas de los chefs de mano de los mismos pescadores. El peixe a la húngara es el preferido por quienes frecuentan Rufinos (Av Miguel Stéfano 4795), mientras que el delicioso camarão a moranga es la mayor atracción en el menú del restaurante Alcides (Av. D. Pedro I 398).

 

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Vivo con una enfermedad rara: solo la padecen 2 personas en mi país

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Tengo 25 años y una vida de lo más normal para alguien de mi edad, pero a los 16 años me diagnosticaron una enfermedad que solo padecen dos personas más en mi país.

“Vamos allá”. La dermatóloga me inyecta un anestésico en el labio. El dolor es insoportable. Veinte minutos después, mis labios están hinchados hasta lo indescriptible, dándome el aspecto de una anciana con bótox a la que hubieran torturado para sonsacarle información. Me estoy estresando. Si no mejoro pronto, voy a sufrir una crisis de ansiedad. Todo esto es porque, por primera vez en mi vida, me he decidido a deshacerme de las horribles heridas que tengo en los labios provocadas por una enfermedad muy rara que padezco.

Tengo 25 años y una vida de lo más normal para alguien de mi edad. Estudio y trabajo como supervisor de una zona de prioridad educativa. Salgo con los mismos amigos de secundaria, me gustan las reuniones familiares, el fútbol y tomar unas cervezas con mis amigos. A simple vista, mi vida parece totalmente ordinaria y despreocupada.

Ahora viene lo malo. A los 16 años, entro en un programa de seguimiento en mi hospital por problemas de corazón. Además de la operación a corazón abierto a la que debo someterme, me comunican que tengo una enfermedad genética rara: el síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba.

El síndrome, que afecta al cromosoma 10, provoca una mutación del gen PTEN. Cuando me lo diagnostican, el médico me informa de que solo tres personas en Francia lo padecen: mi padre, un tipo de Toulouse y yo. Pese a mis incesantes indagaciones, no soy capaz de encontrar la cifra exacta de personas que sufren la enfermedad en todo el planeta. Según el sitio web orpha.net, especializado en enfermedades genéticas raras, mi síndrome es un “trastorno congénito caracterizado por la aparición de pólipos intestinales hamartomatosos, lipomas, macrocefalia y lentiginosis genital”. Eso significa que a menudo sufro dolores de estómago, que me aparecen manchas oscuras en los genitales que me hacen parecer un dálmata y que tengo el cráneo bastante más grande que el resto de la gente. Y lo más importante: tengo bultos parecido a tumores en el labio que recuerdan a verrugas. Esto es lo que peor llevo, sobre todo porque hago todo lo posible por llevar una vida normal.

La primera vez que fui al hospital, mis labios dejaron a los genetistas fascinados. El síndrome es una enfermedad progresiva y en mi caso estaba en la etapa temprana, por lo que los síntomas todavía no eran muy evidentes. Tuve que pasar por la consulta de varios de los mejores especialistas hasta que fueron capaces de darme el diagnóstico preciso.

En el episodio 15 de la sexta temporada de The Walking Dead, Eugene —un personaje muy partidario de las greñas—, le explica a Abraham: “No es el pelo lo que hace a un hombre; es el hombre el que hace al hombre”. En mi caso son los labios los que hacen al hombre. Tener un defecto en el corazón no es algo tan malo en sí mismo. Los médicos conocen bien este órgano y sus disfunciones y existen infinidad de tratamientos para tratarlas. Los problemas cardiacos son frecuentes, y todo el mundo sabe que todo lo que es frecuente no da miedo. Ahí radica el problema. A medida que la enfermedad evoluciona, se va haciendo cada vez más visible. Así empezó mi problema en los labios.

Según el sociólogo Erving Goffman, las relaciones sociales se forman en lo que él llama “una escena”. Para él, ejecutamos nuestra identidad sirviéndonos de distintos elementos de nuestra apariencia personal: el estatus, la ropa y nuestras particularidades. Pues bien, los bultos de mis labios redefinen constantemente mis relaciones con los demás. Desde que los tengo, la gente casi siempre evita mirarme a los ojos; prefiere bajar la vista unos centímetros. A veces no puedo evitar sentir que lo que soy se ha reducido a esto. Erving Goffman afirma que podemos hablar de estigma en los casos en que alguien posee una característica tan peculiar que entorpece de forma sistemática sus relaciones sociales. En otras palabras, “esa característica constituye una brecha entre las expectativas normativas de las personas respecto a la identidad de uno”.

Un niño con síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba

Un niño con síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba

Casi siempre me veo obligado a soltar alguna observación ingeniosa para mantener el interés de mis interlocutores, que tienden a sentir más curiosidad por mi malformación. Por otro lado, entiendo su postura, por lo que intento impresionarlos y también les hago preguntas. Para mí, los daños en el sistema nervioso, la despigmentación de la piel y los trastornos digestivos ocasionales no son un gran problema. Lo malo son los labios: el síndrome avanza de forma gradual, por lo que el tumor se va extendiendo poco a poco por mis labios.

En aquella época de mi vida llevaba casi cuatro años saliendo con una chica que siempre me decía que no le importaba que tuviera este síndrome. Cuando nos conocimos, yo tenía 17 años y la boca mucho mejor que tiempo después, aunque ya empezaban a notarse los bultos. Mi cambio gradual no le impresionó, lo que me recuerda al síndrome de la rana hervida de Pierce Brosnan, como en la película Un pueblo llamado Dante’s Peak : si pones una rana en una olla con agua hirviendo, saltará inmediatamente y escapará de la amenaza. Si, en cambio, la pones en una olla con agua fría y la vas calentando gradualmente, la rana se amodorrará y, cuando el agua empiece a hervir, será demasiado tarde para reaccionar y morirá abrasada. Cuando mi novia y yo cortamos, me dijo: “No te preocupes. Encontrarás a alguien que te quiere por cómo eres”. Eso se traduce en: tienes una hipertrofia evidente, todo el mundo la ve, incluso yo. Pero a pesar de eso, eres buen tío.

 No deja de ser una sensación rara y desalentadora explicarle a tu médico las vicisitudes de tu enfermedad y darte cuenta de que los profesionales del campo ignoran por completo el origen de la misma

Desde entonces, obviamente, he ido desarrollando un complejo bastante grave. Me incomoda muchísimo que la gente haga comentarios sobre mi malformación y, cuando ocurre, de repente no soy capaz de hilar una sola frase. Ahora estoy soltero. La gente me anima a que salga y conozca a alguien, pero soy totalmente incapaz de hacerlo. Me escudo en el dolor de una relación que acabó mal para justificar mi pasividad. Pero un día me harto.

A los 24 años, decido que ya he tenido bastante celibato. Finalmente me convenzo de que si me opero, puede que tenga que pasarme el día escuchando las historias de amor de mi novia y las aventuras sexuales de mis amigos sin poder aportar nada a la conversación. Si no me opero, corro el riesgo de pasar el resto de mi vida oyendo unas voces en mi cabeza que me impiden acercarme a nadie, ya sea en el trabajo, en mi grupo de amigos o en el amor. En 2007, los genetistas me habían recomendado un tratamiento experimental. Lo que me frenó fueron la dificultad del seguimiento y el hecho de que en aquel momento la enfermedad no estaba muy avanzada. Pero esta vez es distinto.

Tengo una cita con mi médico, quien escucha mi historia y me deriva al mismo departamento que en 2007. La dermatóloga, nueva en el equipo, me examina y me pide que le cuente qué provoca la aparición de tumores en los labios. Ya estoy acostumbrado a eso. He dado lecciones a todos los médicos y dermatólogos que he conocido hasta ahora. No deja de ser una sensación rara y desalentadora explicarle a tu médico las vicisitudes de tu enfermedad y darte cuenta de que los profesionales del campo ignoran por completo el origen de la misma. La dermatóloga me propone algo: “Vamos a intentar quemar esos tumores, paso a paso”. No me ofrece garantías de que funcione pero sí de que será un procedimiento muy doloroso.

Vuelvo a su consulta tres meses después, a principios de agosto. Como es un tratamiento que prácticamente no se ha probado, los médicos no saben decirme exactamente cuál será el periodo de convalecencia. Hoy es 6 de agosto y el 9 me voy de vacaciones con la familia. Tres días. Craso error. Yo me imaginaba la operación como una operación de estética para eliminar alguna marca: quitar el tumor, cubrir la zona con vendas y una semana después, a correr. Un razonamiento de lo más tonto. No vuelvo a ver los cielos del suroeste de Francia hasta el día 25 de agosto.

La operación quirúrgica empieza con una escena clásica: el médico y tres enfermeras inclinados sobre mí. Las enfermeras se comportan un poco como si estuvieran en el zoo: me miran la boca y a duras penas pueden contener las expresiones de sus rostros. Luego viene la aguja. Y el dolor del que me habló la doctora. “¿Quieres una tirita?”. Asiento con la cabeza y vuelvo a casa en metro.

Varias tomografías de cráneos de pacientes con síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba

Varias tomografías de cráneos de pacientes con síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba

Después de la operación, soy incapaz de pronunciar una palabra y empiezan los problemas. La noche anterior acababa de volver de vacaciones y tenía que hacer unos recados e ir a la farmacia. Tengo un Post-it listo, porque nunca hay que perder la educación que me ha inculcado mi padre: “No quisiera ser maleducado, pero acabo de someterme a una operación quirúrgica en la zona de la boca”, reza el papelito.

Accedo a que venga una enfermera todas las mañanas a hacerme las curas, pero al cabo de dos días prefiero hacerlo yo solo, ya que la mujer no tiene ni idea de cómo proceder por falta de experiencia. Estaba harto de que me despertaran a las 9 de la mañana sin necesidad para que me colocaran un vendaje de oreja a oreja mal puesto. Así que tuve que enfrentarme a un periodo de convalecencia de duración indeterminada yo solo.

Principios de septiembre: La primera fase ha dado resultados positivos. Después de tres semanas con gasas y cremas, las zonas afectadas tienen una textura suave. Dos meses después, me someto a otra operación para tener un labio inferior normal por primera vez desde los 14 años. Una operación más y ya está.

Pronto tomo conciencia de que este procedimiento puede suponer una oportunidad real. En primer lugar, es gratuita, y en segundo, es divertido. Además, aprender a vivir con una enfermedad desconocida ha sido una experiencia muy enriquecedora. Pero ahora, gracias a esta operación, voy a poder llevar una vida normal.

Hoy en día, mis relaciones con la gente son de lo más normales. Y lo que es mejor, los horribles dolores que sentía han desaparecido. Es tan maravilloso volver a sentirse normal, poder hacer nuevos amigos, hablar con la gente sin que pongan caras extrañas y disfrutar de la emoción de ligar con alguien, recordar lo complicadas que pueden llegar a ser las relaciones.

No creo que alguna vez deje de apreciar este periodo intenso de desarrollo personal. Pasar por alto lo que para otros no serían más que detalles en esas circunstancias sería un error para alguien como yo, que aspira a tener una relación estable. Probablemente ese sea el mayor resultado de lidiar con mi síndrome: además de acostumbrarme a mi nueva apariencia física, debo aprender a comportarme como una persona normal y corriente.

No me había planteado cuánto iba a beneficiarme esta operación, tanto desde un punto de vista social como físico. En su obra, el psicoanalista Saverio Tomasella se pregunta si antes de cualquier transformación debe consolidarse la autoestima. Para él, ese es el punto de partida para tratar de llevar una vida tranquila y feliz. Estoy de acuerdo con él en eso: la confianza en uno mismo lleva a la ambición, la motivación y al deseo de emprender proyectos cada día.

Hoy en día ya no tengo que esforzarme por parecer inteligente y culto para hacerme oír. Esa época ha quedado atrás.

Publicado originalmente en VICE.com

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Tener la primera regla muy joven puede provocar depresión

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Los síntomas persisten hasta bien entrada la edad adulta.

Las mujeres que comienzan a menstruar a temprana edad muestran más síntomas de depresión y una mayor tendencia a los comportamientos antisociales, como robar o mentir, que aquellas chicas que experimentan su primer periodo siendo adultas, según un nuevo estudio publicado en el diario Pediatrics.

“Existe una relación pequeña, pero importante y destacable”, señala Jane Mendle, investigadora del Departamento de Desarrollo Humano en la Cornell University y autora principal del estudio.

Mientras que en estudios anteriores se establecía una relación entre los problemas emocionales y conductuales y la menarquia (el primer periodo), este análisis utilizó datos del Estudio Nacional Longitudinal de Salud Adolescente, una base de datos étnica y sociológicamente diversa elaborada a partir de encuestas a 7.800 mujeres desde 1994 hasta 2008 y que ha hecho un seguimiento a algunas de ellas durante 14 años. El análisis descubrió que la correlación entre la menarquia temprana y los síntomas de depresión se prolonga hasta la madurez. “Puede ser que llegue una edad en que todo se equilibre, pero nuestro estudio sugiere que esto no ocurre así necesariamente hasta los 28 años”, dice Medle. Los 28 años es la última edad que registró la encuesta a las participantes recurrentes.

La menstruación marca el inicio de la pubertad, dice Mendle, y con la menstruación temprana comienza el desarrollo de características físicas propias de mujeres adultas en mujeres más jóvenes. Ella piensa que el principal causante de la gran cantidad de problemas anímicos y conductuales es la manera en que tratan a estas chicas, como si fueran mayores de lo que son.

“Cuando las niñas entran en la pubertad, parecen más maduras y a menudo el mundo responde a eso”, dice Medle. “Sus vidas cambian de varias formas, algunas importantes y otras no tanto. Su desarrollo cognitivo, social y emocional no se corresponde necesariamente con su apariencia física. Este desfase a veces puede dificultar la adaptación a los nuevos cambios y experiencias que acompañan esta transición”.

La edad promedio de la menarquia es de 12 años, según el estudio. A esa edad, el 31,6 por ciento de las niñas encuestadas tuvieron su primer periodo. Los 11 (cuando el 19,2 por ciento de las niñas del estudio menstruaron por primera vez) y los 13 años (el 24,4 por ciento ) también fueron edades comunes para la menarquia.

El 10,3 por ciento de las niñas que experimentaron su primer periodo a los 8 y hasta los 10 años tuvieron una mayor acumulación de síntomas depresivos. Las niñas que fueron las primeras en menstruar, según el estudio, tuvieron mayores complicaciones. A lo largo de la adolescencia (el estudio la enmarca entre las edades de 7 a 17 años), la niña promedio que alcanzó la menarquia a los 8 años reveló un 25 por ciento más síntomas de depresión que la media. La niña promedio que menstruó a los 10, tuvo un 8 por ciento más síntomas depresivos.

Las niñas en estas categorías mantuvieron la propensión a padecer síntomas de depresión en la edad adulta. Aquellas que comenzaron a menstruar a los 8 años siguieron mostrando una fuerte propensión; la mujer promedio de 28 años mostró un 20 por ciento más de síntomas que sus compañeras con menarquias más ajustadas a la media. Las mujeres que experimentaron la menarquia a los 10 tuvieron de media un 6 por ciento más síntomas que la norma para el estudio a la edad de 28 años.

La correlación entre lo que los padres y profesores consideraron como mal comportamiento no es tan fuerte, dice Medle, pero existe. Cuando les presentaron una lista de “comportamientos antisociales” (robar, vender drogas, escapar de casa, mentir a los padres, conducir sin licencia, armar escándalo público, etc.), las niñas que comenzaron a menstruar a los 8 años reportaron un 10 por ciento más de casos que el promedio, y las niñas que comenzaron a los 10 mostraron un 5 por ciento más de incidencia.

Mendle dice que no está segura de que esta correlación entre los síntomas de la depresión y el comportamiento problemático y la pubertad sea un factor exclusivo de la mujer. “La pubertad de los niños se ha estudiado en menor medida que la femenina, en gran parte porque es un poco más complicado analizar a los niños, ya que no tienen el periodo”, dice. “Algunas investigaciones sugieren que los jóvenes que alcanzan la pubertad antes que los niños de su edad tienen más problemas durante la adolescencia que los niños que la desarrollan más tarde. Pero también sabemos que, en general, la pubertad tiende a ser más problemática para las niñas que para los niños, ya que las niñas tienen una mayor tendencia a experimentar mayor variedad y gravedad de dificultades psicológicas en esta etapa”.

Pasar más tiempo en los atolladeros psicológicos de la confusión y la angustia que representa la pubertad y menos en la etapa simple e inconsciente de la infancia puede desempeñar un papel importante en el camino tortuoso de estos chicos prematuros, dice Medle.

“En la pubertad, los niños se ven vapuleados por una combinación de cambios biológicos y sociales que afectan a todos los aspectos de sus vidas”, dice. “Aun cuando es una transición biológica, va acompañada de cambios drásticos en los roles sociales y en las relaciones y el estado anímico, en cómo los niños se perciben a sí mismos y a los demás y en el lugar que ocupan en el mundo”.

Publicado originalmente en VICE.com

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