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La Selección venció 3-1 a Ecuador y entró directamente a Rusia 2018. Los de Sampaoli perdían antes del minuto de juego y lo dieron vuelta con tres goles de la Pulga, que tuvo una actuación inolvidable.

Pasaron 733 días desde aquella derrota 2 a 0 frente a Ecuador en el Monumental por la primera fecha de las Eliminatorias. Tres entrenadores, decenas de futbolistas y mucho sufrimiento. Finalmente Argentina terminó su tortuoso derrotero en esta etapa clasificatoria con esa sonrisa que necesitaba: derrotó 3 a 1 a Ecuador en el estadio Atahualpa de Quito y aseguró su participación al Mundial de Rusia. Final feliz para una película de suspenso.

Ni siquiera habían terminado de acomodarse los futbolistas en el campo cuando Ibarra aprovechó la quietud de la defensa argentina, combinó con Roberto Ordóñez y definió cruzado ante Sergio Romero. Demasiado pronto, demasiado fuerte.

La Selección sintió el mazazo y atravesó un lapso de zozobra, sobre todo cuando los ecuatorianos explotaban las bandas. Sin embargo tras esos primeros minutos complicados, el conjunto de Jorge Sampaoli reaccionó.

A los 6 minutos, llegó el primer aviso, cuando Ángel Di María tiró un centro demasiado potente desde la izquierda que no alcanzó a conectar Darío Benedetto. Y a los 12 la Albiceleste alcanzó la igualdad: Lionel Messi encaró y se sacó de encima a Darío Aimar, abrió para Di María, fue a buscar al área y empujó a la red tras la precisa asistencia del jugador de París Saint-Germain.

Si bien el empate rápido y los resultados en otros estadios le daban tranquilidad, Argentina no especuló, mantuvo el pie en el acelerador y fue por la victoria, con Messi y Di María en sus mejores versiones.

A los 15, el futbolista de Barcelona encaró desde el centro hacia la izquierda, dejó parado a Pedro Velasco y disparó cruzado, pero se encontró con una buena respuesta de Máximo Banguera.

Y a los 20 finalmente cayó el segundo en una maniobra que parecía intrascendente: un pase largo de Di María para Messi fue a dar a los pies de Darío Aimar. El marcador central tardó mucho en rechazar y permitió que el capitán argentino se la arrebatara. Rapidísimo, El rosarino se acomodó y batió a Banguera con un potente zurdazo alto.

La ventaja debió funcionar como un bálsamo para la Selección, sin embargo las dificultades para controlar el balón en el medio y las dudas en el fondo mantuvieron al modesto combinado ecuatoriano en partido, aunque sin generar chances serias en los 45 minutos iniciales.

Con altibajos, Argentina siempre fue mucho más peligrosa que su adversario y estuvo cerca de concretar el tercero a los 31 nuevamente con una combinación entre Di María y Messi. Banguera lo evitó en el cara a cara con Fideo.

Con el local sin demasiada motivación y con pocos recursos para aspirar a una remontada y con la visita descansando sobre el marcador favorable, el segundo tiempo estuvo muy lejos de exhibir un buen nivel de juego. Para colmo, los resultados que llegaban desde otros rincones del continente ponían a Argentina en la Copa del Mundo cada vez con más comodidad.

Si todo este combo no era suficiente, a los 17 minutos un pelotazo desde el círculo central de Nicolás Otamendi cayó en el pecho de Messi a 35 metros del arco. Demasiado libre, Leo avanzó unos metros, superó la débil marca de Robert Arboleda y definió con una pincelada mágica. Tercer grito de la noche para el capitán y asunto cerrado.

El tramo final fue de relleno. Ecuador fue un puñado de impotencias que dejó en evidencia cuán lejos está este equipo del que arrancó las Eliminatorias con cuatro victorias consecutivas. Con la tarea cumplida, Argentina se dedicó a hacer circular la pelota y esperar el paso del tiempo. Con una tranquilidad inimaginable dos horas antes, vivió los minutos finales con la certeza de que viajaría a Rusia el año próximo.

El último pitazo del brasileño Anderson Daronico le puso el punto final a esa historia dramática que había comenzado el 8 de octubre de 2015 con un cachetazo frente a Ecuador en Buenos Aires y terminó dos años después con una sonrisa ante el mismo adversario en Quito.

 

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Cómo quedaron los bombos del sorteo de la Copa

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Luego de la clasificación de Independiente, se definieron los siete equipos argentinos que jugarán la Copa Libertadores 2018, seis de los cuales ya saben su distribución en los bombos de cara al sorteo de la fase de grupos, que se realizará el próximo 20 de diciembre en Luque, Paraguay.

De esos seis clubes clasificados directamente, cuatro son los más grandes de la historia del fútbol argentino, donde River (subcampeón Liga 2016/17) y Boca (campeón Liga 16/17) serán cabezas de serie, mientras que Independiente (campeón Copa Sudamericana) estará en el Bombo 2 y Racing (4to en Liga 16/17) en el Bombo 3.

El quinto representante argentino es Estudiantes de La Plata (3ero de Liga 16/17) que irá al Bombo 2, y el sexto Atlético Tucumán (5to de Liga 16/17), ubicado en el Bombo 4, que también espera por la suerte de Banfield, que jugará el repechaje.

El torneo, que tendrá una extensión anual al igual que en 2017, tiene a casi todos sus 47 equipos definidos, porque falta cerrarse cuatro plazas (dos de Colombia, uno de Bolivia y el restante de Chile).

Esta edición de la Copa Libertadores, la quincuagésima novena, tendrá clubes de muchísima jerarquía a nivel sudamericano, 17 de los cuales ya han levantado alguna vez este trofeo: Boca, River, Estudiantes, Racing e Independiente (Argentina); Cruzeiro, Corinthians, Gremio, Palmeiras, Santos, Flamengo y Vasco da Gama (Brasil); Nacional y Peñarol (Uruguay); Colo Colo (Chile); Olimpia (Paraguay) y Atlético Nacional (Colombia).

En ese sentido, a la espera de la definición de las plazas, así quedaría la distribución de los diferentes bombos para el sorteo del próximo miércoles, ordenado por el Ranking Conmebol:

Bombo 1: Gremio (Brasil); River; Boca; Atlético Nacional (Colombia); Peñarol (Uruguay); Santos (Brasil); Corinthians (Brasil); Cruzeiro (Brasil).

Bombo 2: Independiente; Emelec (Ecuador); Estudiantes de La Plata; Cerro Porteño (Paraguay); Palmeiras (Brasil); Bolívar (Bolivia); Libertad (Paraguay); Universidad de Chile.

Bombo 3: The Strongest (Bolivia); Colo Colo (Chile); Racing; Flamengo (Brasil); Defensor Sporting (Uruguay); Alianza Lima (Perú); Real Garcilaso (Perú); Colombia 2.

Bombo 4: Atlético Tucumán; Deportivo Lara (Venezuela); Delfín (Ecuador); Monagas (Venezuela); más los cuatro vencedores del Repechaje.

 

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La caravana del campeón hasta Avellaneda

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El plantel de Independiente ofrendó el trofeo de la Copa Sudamericana a sus hinchas en el estadio “Libertadores de América”, donde culminó una caravana que inició desde que bajó del avión y tuvo una rotura del micro en el medio.

Más de siete mil personas coparon las tribunas del estadio en Avellaneda, pese a que se trataba de un día laborable y en horario vespertino, y una vez que los jugadores y el cuerpo técnico llegaron para dar la vuelta olímpica, invadieron el campo de juego.

 

Allí, los campeones recibieron el afecto de los hinchas, que vestidos con alguna prenda roja o camiseta del club, se fotografiaron y agradecieron este nuevo título para la institución, el número 17 a nivel internacional.

Un rato antes, luego de la consagración en Brasil ante Flamengo, miles de hinchas acompañaron al micro descapotable todo rojo que partió desde el aeroparque metropolitano “Jorge Newbery”, que pasó por el Obelisco y culminó en la cancha.

 

Es cierto que en el medio hubo un cambio de ómnibus, porque se averió y no pudo continuar su marcha por la autopista “9 de Julio Sur”.

En el micro se observó a un exultante Ariel Holan con gorra y anteojos de sol festejando como un jugador más, al tiempo que varios futbolistas se pasaban la copa de mano en mano.

“Me quedo con la pasión y convicción del equipo, que fue liderada por un capitán muy grande como Tagliafico. Yo aprendí esto de los propios jugadores y entrenadores de Independiente, porque es la identidad de nuestro fútbol, no siempre se puede salir campeón, pero ya como hincha y socio del club estaba muy conforme con que recuperara la identidad“, destacó Holan, en declaraciones a TyC Sports, en pleno campo de juego.

 

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Por esas lágrimas de Ariel Holan

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La noche previa a la final que se jugó en Avellaneda pasé por el hotel donde concentra el plantel de Independiente y tuve la suerte de cruzarme con Ariel Holan. Hablamos del equipo, del Maracaná, del sueño copero. Hasta que en un momento me contó una anécdota: cuando era pibe, a los cuatro o cinco años, un abuelo le había regalado un grabador de cinta y él lo usaba para registrar sus propios relatos de partidos, pero no de partidos intrascendentes o amistosos insulsos, el niño Holan grababa una final, una súper final, una finalísima entre Independiente y una Selección Mundial integrada solo por los tres o cuatro jugadores europeos que conocía. Con leves variantes, el partido era siempre el mismo: el Rojo empezaba perdiendo, la pasaba mal y a duras penas conseguía empatar, entonces el entrenador se la jugaba y metía un cambio. ¿Quién entraba? Holan, por supuesto. Y ocurría: el jugador Holan convertía el gol del triunfo que el niño Holan relataba con alaridos durante las siestas en Lomas de Zamora.

Holan, el técnico, me contó esta historia con los ojos vidriosos, y me mostró los pelos erizados del brazo, como si necesitara una prueba para demostrar que su historia con Independiente es auténtica. Y algo más: me hizo escuchar un audio de WhatsApp con la voz de su nieto de apenas dos años que canta “señores dejo todo, me voy a ver al Rojo, porque los jugadores, me van a demostrar, que salen a ganar, quieren salir campeón, que lo llevan adentro, como lo llevo yo”. Y me explicó: “Ves, esto es Independiente para mí y para mi familia”.

 

En ese momento quise más que nunca que el Rojo saliera campeón. Por el club, por los hinchas y también por el técnico.

Hace una semana que estoy de vacaciones con mi familia a siete mil kilómetros del Maracaná, en una ciudad donde no se enganchan ni con los partidos de los mundiales. Tuve que mirar la final en una tablet prestada y a través de un streaming trucho. Como recuerdo de esta Copa Sudamericana me quedan esos noventa minutos con la vista clavada en una pantalla diminuta, el festejo en soledad y el llanto de Holan, ese desahogo furioso, pasional y emotivo de aquel pibe que a los cuatro años soñaba con sacar campeón a Independiente.

 

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